Por Gianfranco Pecchinenda
Explorar la figura de Maradona exige trascender el archivo deportivo para adentrarse en el territorio de la ficción y el mito. Gianfranco Pecchinenda nos habla de cómo en Un tal Maradona la biografía se funde con la memoria personal y el delirio identitario para cuestionar los límites del yo. A través de la invención de un «doble», la narrativa disecciona la fragilidad de la celebridad y el peligroso deseo de encarnar a otro. Una reflexión profunda sobre cómo el héroe popular se convierte en el escenario de nuestras propias contradicciones humanas.
***
Diego Armando Maradona fue —y sigue siendo— mucho más que un futbolista: es una figura inscrita en el imaginario colectivo global, un mito capaz de atravesar el deporte para instalarse también en nuestra historia cultural, emocional y política. Hay centenares de libros escritos sobre él, pero pocos comprenden que Maradona no pertenece únicamente al archivo deportivo, sino al territorio ambiguo de las grandes ficciones contemporáneas.
La idea de esta novela nace precisamente ahí: en el cruce entre biografía, memoria y literatura. También ha sido, para mí, una experiencia existencial muy íntima. Yo había emigrado a Nápoles un año antes de la llegada de Maradona, en aquel decisivo 1984 en que la ciudad recibió a Diego como a un Mesías popular. Además de eso, yo también era entonces un joven futbolista sudamericano con un contrato modesto en un equipo italiano de tercera división. Mi historia personal coincidía temporalmente con uno de los relatos más extraordinarios de la cultura popular del siglo XX.
Y en esa coincidencia aparece una intuición que ha sido decisiva para mí: toda una generación de napolitanos y argentinos deseó, de algún modo, ser Maradona.
Ese deseo, aparentemente inocente, es el verdadero núcleo de la novela. Porque querer ser Otro implica ya una fractura de la identidad. Y desde allí surge la pregunta que organiza toda la narración: ¿qué ocurriría si ese deseo dejara de ser una fantasía y pudiera convertirse en realidad?
***
El verdadero punto de inflexión del relato se encuentra en una célebre entrevista en la que Maradona admite su adicción a la cocaína y afirma haber llegado a ser el mejor futbolista del mundo no gracias a sus excesos, sino a pesar de ellos. Esa frase contiene una tensión fundamental: el choque entre el héroe y el ser humano vulnerable.
Allí, en ese nudo, quise desafiar esencialmente al lector de “Un tal Maradona”. El reto no está en decidir si Diego fue un héroe o un monstruo, sino en aceptar que, como todo ser humano, fue ambas cosas simultáneamente. Siempre somos uno y otro: doctor Jekill y Mister Hide.
Para representar esa contradicción a través de un relato, tuve que inventarme una historia que fuese verosímil: un joven argentino común es contratado por su increíble parecido físico para convertirse en el doble de Maradona. No dentro del campo —donde nadie podría reemplazarlo— sino en los espacios invisibles donde el héroe deportivo no puede exponerse: hoteles, fiestas, noches privadas, zonas de sombra donde aparecen las fragilidades del ser humano. La droga, el alcohol, los excesos, las infidelidades y el deterioro físico quedan desplazados hacia un cuerpo sustituto.
Lo que inicialmente parece un sueño —dinero, fama, acceso al privilegio y a la vida extraordinaria— se transforma lentamente en una experiencia perturbadora. Porque encarnar a otro implica también desaparecer uno mismo. La máscara deja de ser un juego para convertirse en una forma de inhabilitación. Y ahí la novela abandona definitivamente el territorio del relato futbolístico para entrar en una dimensión mucho más inquietante: la del doble, la identidad y la locura.
Maradona, en este sentido, no solamente es un personaje excelente, sino funciona muy bien como dispositivo simbólico. Diego era ya en vida una figura imposible de separar del espectáculo mediático global. No hacía falta que jugara: bastaba con que existiera. La televisión primero, y luego internet y las redes sociales, terminaron convirtiéndolo en una presencia permanente. Incluso sus caídas alimentaban el relato. Maradona era un mito sostenido tanto por sus hazañas como por sus contradicciones.
En ese sentido, Un tal Maradona creo pueda leerse también como una reflexión sobre la construcción contemporánea de la celebridad. Frente al atleta moderno convertido en máquina disciplinada de rendimiento y marketing, Diego siempre representó un exceso. Era ingobernable. Encarnaba simultáneamente el triunfo y la autodestrucción. Y quizás por eso sigue generando fascinación: porque su figura conserva algo profundamente humano en una época obsesionada con la perfección.
***
La figura del doble permite además explorar otro aspecto esencial: la fragilidad de la identidad contemporánea. El protagonista comienza imitando a Maradona, pero progresivamente termina absorbido por él. La frontera entre actuación y existencia se vuelve cada vez más difusa. Y allí emerge otro de los temas que más me interesa subrayar de la novela: el conflicto entre el cuerpo, su envejecimiento y la imagen de sí mismo que cada ser humano, tarde o temprano, tiene que enfrentar.
Yo traté de situar la narración precisamente en ese límite donde la fantasía deja de ser un deseo y comienza a invadir todos los rincones de la existencia. El protagonista pierde progresivamente el llamado “sentido de realidad” y entra en un intenso diálogo con un psiquiatra, figura que funciona casi como metáfora del orden social. La psiquiatría aparece entonces como un instrumento de normalización identitaria: una manera de controlar el poder desestabilizador de la imaginación y del deseo de convertirse en otro.
Quizás ahí resida la dimensión más profunda de Un tal Maradona. El libro no habla solamente de Diego. Habla de nosotros. De nuestra necesidad de proyectarnos en figuras extraordinarias. De la tentación permanente de escapar de la propia vida para habitar otra más intensa, más brillante o poderosa. Maradona funciona entonces como espejo colectivo: cada generación inventa el Maradona que necesita.
También por eso resulta imposible narrarlo desde la neutralidad. Fue un héroe popular y al mismo tiempo un cuerpo devastado. Un símbolo de resistencia y un producto mediático global. Un ídolo capaz de emocionar genuinamente a millones de aficionados mientras se destruía frente a las cámaras. Reducirlo a una sola definición sería traicionarlo.
En tiempos donde la cultura contemporánea parece exigir personajes transparentes y moralmente ordenados, Un tal Maradona apuesta por una mirada mucho más incómoda y humana. No intenta absolverlo ni condenarlo. Intenta comprender por qué seguimos necesitando figuras capaces de contener contradicciones.
Porque Maradona no fue solamente el mejor jugador de una época. Fue un lenguaje emocional. Un cuerpo donde convivían la gloria y el derrumbe. Y quizás allí resida todavía su potencia: en recordarnos que toda identidad es frágil, que todo deseo tiene algo de peligroso y que, a veces, querer ser otro puede convertirse en la forma más eficaz y radical de volverse humanos.

Gianfranco Pecchinenda es un escritor italo-venezolano. Profesor de Sociología y Neurociencias Sociales en la Universidad Federico II de Nápoles, ha hecho de la ficción su laboratorio más radical: un territorio donde vida y literatura se confunden y se cuestionan mutuamente. Ha publicado novelas y libros de cuentos en español e italiano, traducidos a varias lenguas. Destacan Ser Ricardo Montero (2014), Kafka, Kafta: cuentos de padres y de sombras (2016) y El perfil de los otros (2025).
Título: Un tal Maradona
Autor: Gianfranco Pecchinenda
Editorial: Carola Mía Ediciones
Año de publicación: 2026
Precio: 13,95€
Páginas: 118
ISBN: 979-13-991060-8-4
[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].