Por Lorena Camacho Manzanares
¿Puede la escritura convertirse en la última frontera del duelo? En esta entrega de Procesos, nos adentramos en la trastienda emocional de Lorena Camacho Manzanares para descubrir cómo transformó la dolorosa pérdida de su primer amor en Once inviernos y medio (2026). A través de un desgarrador y luminoso ejercicio de honestidad, la autora nos narra su viaje desde los bloques de recuerdos inconexos, las fotografías y la música compartida, hasta la creación de una ficción íntima salpicada de poesía.
***
Antes de escribir Once inviernos y medio, vivía rodeada de recuerdos. Lugares en los que había estado con él, canciones, fotografías o incluso el simple hecho de soñar con Ángel algunas noches seguían manteniéndolo muy presente en mi vida.
Emocionalmente me encontraba estable, pero sentía que todos esos recuerdos necesitaban salir de alguna manera. Necesitaba hablar de él, de nuestra historia y de todo lo que habíamos vivido juntos.
La idea de escribir un libro siempre me había rondado la cabeza, incluso mucho antes de que Ángel falleciera, aunque nunca me sentí realmente capaz de hacerlo. Hasta que un día le hablé a mi pareja actual sobre ese deseo de escribir nuestra historia, y desde el primer momento me apoyó.
Creo que escribirlo fue una de las últimas fases de mi duelo. No porque quisiera desprenderme de los recuerdos o porque pesaran demasiado, sino porque sentía la necesidad de honrar su amor y su memoria. Como si, al escribir sobre él, pudiera dejar una pequeña parte suya en el mundo.
Así nacieron Luna y Ángel, los protagonistas de la historia. Qería contar algo inspirado en nosotros, pero alejándome de la típica autobiografía. Buscaba una narrativa cercana, emocional y cotidiana, como esos romances que a mí me gusta leer, con personajes que podrían ser tus vecinos, tus amigos o incluso tú mismo.
Y, sinceramente, no sabía ni por dónde empezar.
Comencé tirando de fotografías antiguas, recuerdos y momentos concretos. Al principio solo escribía párrafos sueltos, emociones que llevaba años guardándome. Poco a poco, todo aquello empezó a tomar forma hasta convertirse en capítulos, cada uno con un título que resumía lo que quería transmitir.
A medida que avanzaba, paraba muchas veces a releer lo que había escrito. No tanto para corregirlo, sino para convencerme de que realmente estaba creando una historia y de que, quizás, algún día acabaría viendo la luz.
En una de esas pausas sentí un nudo enorme en la garganta. Leer tantas emociones, tantos recuerdos y tanta carga emocional llegó a hacerse pesado incluso para mí. Fue entonces cuando escribí un poema para descargar todo aquello que sentía, y ahí apareció algo inesperado: calma.
Sentí que no solo estaba ordenando el libro, sino también mis propias emociones. Y así nacieron los poemas que separan cada capítulo.
Durante el proceso se desbloquearon muchos recuerdos. No solo relacionados con Ángel, sino también con mi familia. De hecho, hubo un momento en el que estuve casi dos meses bloqueada porque tenía que escribir un capítulo muy duro relacionado con mi padre, y no sabía cómo hacerlo sin hacerme daño a mí sin herirle a él.
Pero tenía clara una cosa: si iba a escribir una historia basada en hechos reales, tenía que escribir desde la verdad.
Sí tuve miedo de que algunas partes pudieran incomodar o generar problemas familiares, pero también confiaba en la relación que hemos construido con los años. Hoy somos una familia unida, con comunicación y confianza, y eso me hizo sentir orgullosa y segura para seguir adelante.
Escribir Once inviernos y medio me limpió el alma. Lloré, reí, y abracé cada emoción de la Luna del pasado. Sentí rabia, nostalgia, amor y también mucha paz.
Escribía a deshoras, cuando sentía la necesidad de liberar todo aquello que llevaba dentro.
Siempre acompañada de música, la misma que estuvo presente durante mi duelo. Me inspiraba en fotografías, en el mar, en los atardeceres y en todas esas pequeñas cosas capaces de remover emociones.
Porque este libro no consiste solo en contar mi historia, sino en transformarla en una narrativa sincera y emocional. Una historia sobre las personas que pasan por nuestra vida, para bien o para mal, y sobre todo lo que aprendemos de ellas.
Once inviernos y medio me enseñó que el pasado siempre formará parte de nosotros, pero que no podemos vivir atrapados en él. A veces mirar atrás también sirve para impulsarte más lejos. Y eso hice.
Si había conseguido atravesar el duelo más grande de mi vida, el de perder a mi primer amor, también podía utilizar todo lo aprendido para seguir creciendo. Como digo en la segunda parte de la historia: “ahora vivo por los dos”.
Con el tiempo entendí que huir del dolor no hace que desaparezca. Al contrario, lo vuelve más pesado. Y hasta que no afrontas ciertas heridas, puedes vivir años enteros sintiendo un vacío imposible de llenar.
Por suerte, soy una persona que ama profundamente la vida, el cariño y los vínculos. Conseguí salir adelante apoyándome en mi familia, en mis amigos y en todas las personas que me sostuvieron durante el proceso.
No fue fácil, pero me demostré a mí misma que podía ser inquebrantable.
Cuando terminé el manuscrito decidí publicarlo, aunque sentía muchísima vergüenza. Nunca me he considerado una escritora profesional y siempre he sido muy perfeccionista conmigo misma. Pero al mismo tiempo me hacía muchísima ilusión que mi primer libro hablara sobre él.
Esa ilusión también me hizo cometer errores. El primero fue imprimir el ejemplar inicial en tamaño DINA4 porque pensaba que todo sería mucho más sencillo de lo que realmente fue.
La portada la creé basándome en una fotografía nuestra de hace años, y mi pareja actual también me ayudó muchísimo durante todo ese proceso.
Pero cuando el libro salió y vi cómo familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso personas cercanas a ellos comenzaban a comprarlo, sentí algo muy difícil de explicar.
Era como si una pequeña parte de nuestra historia fuera a quedarse para siempre en las estanterías de otras personas.
Me emocionó profundamente saber que lectores que conocían nuestra historia lloraban al leerla, y también descubrir que otras personas se habían sentido acompañadas o comprendidas a través de mis palabras.
Incluso entiendo a quienes han tenido que parar de leerlo porque se les hacía demasiado duro. Hay muchísimo amor dentro de esas páginas, pero también mucho dolor.
Y todavía hoy se me sigue rompiendo el alma al recordar ese día.
Siempre recomiendo leerlo despacio, con calma, valorando la vida y las personas que tenemos alrededor, porque algún día todos esos momentos también se convertirán en recuerdos.
Estaré eternamente agradecida a Once inviernos y medio por haberme abierto la puerta a este mundo donde puedo expresar libremente todo aquello que mi corazón necesita contar.
Porque, sin darme cuenta, también despertó en mí una nueva vocación.
Y esto no ha hecho más que empezar.

Lorena Camacho Manzanares (Palma de Mallorca, 1997) debuta en la literatura con Once inviernos y medio (2026), una novela de tintes autobiográficos que rescata y homenajea el tiempo compartido junto a su primer amor. Tras el fallecimiento de Ángel, la autora emprende un viaje de madurez y resiliencia a través de las letras, convirtiendo el dolor de la pérdida en un profundo proceso de aprendizaje, sanación y reconciliación con la memoria.
Título: Once inviernos y medios
Autor: Lorena Camacho Manzanares
Año de publicación: 2026
Precio: 13 €
Páginas: 139
[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].