Amador Prieto Miguel: «La resistencia que me interesa no es épica ni ruidosa»

Amador Prieto Miguel, autor de «El Sistema 11».

Por Andrea Argüelles

El vínculo de Amador Prieto Miguel con la escritura comenzó muy pronto, en su Valladolid natal. De niño llenaba cuadernos con personajes e historias, como si darles nombre y destino fuera una forma natural de comprender el mundo.

Un encuentro fortuito con Miguel Delibes en el parque Campo Grande selló, sin que él lo supiera entonces, una vocación que crecería al margen de academias y circuitos editoriales. Desde Bilbao, y con raíces que se extienden de Zamora a América Latina, ha construido Antagonista Eterno, comunidad digital donde miles de lectores encuentran un espacio para pensar la identidad, la memoria y las fracturas invisibles del ser humano contemporáneo. Un territorio que también atraviesa su novela El Sistema 11.

En ella imagina una estructura de poder que opera desde las sombras y que mantiene a la humanidad dentro de una partida que nunca eligió jugar. Una organización tan absoluta como inverificable que manipula gobiernos, instituciones y creencias mientras el resto del mundo discute sobre versiones oficiales o teorías conspirativas.

La idea central parte de una intuición sencilla: «Nacemos dentro de una partida ya comenzada. Eso no es una metáfora poética: es un hecho. Se llama vivir». Nadie elige el contexto en el que aparece. «La familia, la economía, la cultura, incluso muchas oportunidades, ya están repartidas antes de que abramos los ojos». En ese sentido —dice— somos piezas dentro de un tablero que no diseñamos. Algunas personas empiezan con ventaja y otras con una desventaja brutal. Negarlo, insiste, sería ingenuo.

Pero la novela no se queda en ese determinismo. Para Amador Prieto Miguel existe una grieta que ningún sistema puede controlar del todo: la conciencia. «El Sistema 11 simboliza estructuras que condicionan nuestras opciones. Condicionan, sí. Determinan por completo, no necesariamente». Siempre queda, según él, una zona íntima que escapa a cualquier programación. «Una grieta silenciosa en el tablero».

—En tu novela ese tablero tiene nombre: El Sistema 11

«En la novela adopta la forma de una organización secreta», explica. Pero en seguida matiza que la ficción le sirve sobre todo para condensar algo mucho más difuso. «Creo que existen dinámicas que operan por encima de lo visible, redes de influencia que se cruzan, intereses que rara vez aparecen en titulares». La literatura le permite dar una forma concreta a algo que, en la realidad, se presenta de manera mucho más compleja. «La ficción tiene la ventaja de simplificar lo que en la vida real es difícil de señalar con precisión».

Más que afirmar la existencia de una entidad concreta, lo que le interesa es otra pregunta. «Cuando uno empieza a mirar los patrones, la cuestión deja de ser si existe el Sistema 11 y pasa a ser qué parte del sistema ya hemos normalizado sin darnos cuenta». Por eso insiste en que su intención no es ofrecer respuestas cerradas. «Yo no estoy aquí para dictar lo que nadie tiene que creer». Prefiere pensar su novela como una rendija desde la que observar el mundo con más atención.

—Hablas de un poder que se oculta mientras el público discute sobre figuras visibles. ¿Hasta qué punto esos rostros son parte del juego?

Evita señalar nombres de la geopolítica actual. «Responder señalando personas concretas sería caer en la trampa», dice. No porque quienes ocupan la primera línea carezcan de influencia —la tienen—, sino porque el debate público suele reducir el poder a rostros reconocibles. «Cuando el poder tiene cara se vuelve cómodo: podemos adorarlo, odiarlo, caricaturizarlo o convertirlo en símbolo absoluto».

Mientras discutimos nombres —advierte— dejamos de observar las reglas del juego. «A veces el verdadero movimiento no está en la pieza más visible, sino en el tablero completo». En su novela lleva esa idea al extremo, porque la ficción permite exagerar para que el lector se detenga. Pero en la realidad, insiste, el mecanismo suele ser más sutil. La distracción no siempre consiste en inventar enemigos, sino en concentrar la mirada en un punto concreto para que no veamos el conjunto.

Más que los mecanismos externos, lo que realmente le interesa son las grietas humanas que los hacen posibles. «El Sistema 11 no existiría si no hubiera primero fracturas humanas». Miedo, necesidad de pertenencia, urgencia constante, deseo de seguridad. «Las estructuras de poder —reales o ficticias— funcionan porque encuentran un terreno fértil en el interior del ser humano». Si no existieran esas fisuras, dice, ningún sistema podría sostenerse demasiado tiempo.

—¿Qué evento histórico reciente te confirmó que el mundo no es una sucesión de caos, sino una partida perfectamente ejecutada?

No hubo un único evento concreto. Lo que más me ha hecho reflexionar no es un hecho aislado, sino la forma en que aprendí a mirar. Tuve la suerte de crecer escuchando a personas mayores que habían vivido guerras, dictaduras y silencios obligados. Gente que quizá no tenía estudios formales, pero tenía algo mucho más difícil de adquirir: experiencia real. El hombre más especial que conocí fue mi tío abuelo y padrino, Manuel Miguel. Él había atravesado épocas duras, sistemas represivos, momentos donde hablar demasiado podía costar caro. Y desde esa humildad absoluta me enseñó una frase que de niño no entendía: «oír, ver y callar». Con el tiempo comprendí que no era resignación, sino sabiduría. Significaba observar con profundidad antes de reaccionar. No dejarse arrastrar por el primer ruido.

—Entonces, ¿es posible resistir a un tablero que parece tan grande?

«La resistencia que me interesa no es épica ni ruidosa. Es interior». En un mundo acelerado y saturado de estímulos, mantener la lucidez ya es una forma de victoria. «Hay una forma de victoria que no sale en titulares: conservar la mirada crítica, no renunciar al mundo interior».

Recurre a la metáfora de David y Goliat para explicarlo. «El mundo está lleno de Davids que no saben que lo son». El problema no es que existan gigantes, sino el no reconocer la propia hondura. «No podemos elegir el tablero. Pero sí podemos elegir cómo nos movemos en él». A veces —añade— la verdadera revolución no consiste en derribar al gigante, sino en comprender que quizá no éramos tan pequeños como creíamos.

A sí mismo se considera un autodidacta. Escribió su novela prácticamente solo, con pocos medios y sin respaldo editorial. «Lo hice con un ordenador que no llegaba a básico y la determinación de terminar algo que sentía que debía escribir». Su única aspiración, recuerda, era que alguien la leyera y le removiera algo por dentro. «Con una sola persona me habría bastado».

Esa misma lógica sostiene su comunidad digital, a la que se refiere con afecto como «mi humilde rinconcito de internet». Allí habla a menudo de lo que llama la memoria emocional: no solo recordar los hechos, sino recordar cómo nos transformaron. «Cuando esa memoria se pierde, todo se vuelve superficial, repetible». En un tiempo dominado por la velocidad y la reacción inmediata, detenerse a mirar hacia dentro se vuelve casi un acto de resistencia.

—Después de escribir sobre un sistema que parece controlar la partida, ¿has encontrado ese «error en la matriz»?

Deja la respuesta abierta. En su novela, incluso cuando todo parece perdido, el antagonista sigue vivo. Y mientras alguien siga consciente dentro de la partida, dice, la historia nunca está completamente cerrada.

«El error en la matriz no es un truco mágico. Es una decisión».

Y cada lector, añade, decide dónde lo encuentra.


[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].