Por Andrea Argüelles
«Donde arde, florece» funciona casi como un eje poético del proceso creativo de Cris Santa-Olalla. En el germen de su novela El despertar de Sofía apareció casi como una frase-semilla. No fue algo que «inventara» para quedar bien, sino una intuición que llegó muy pronto y que, sin saberlo del todo, empezó a ordenar el tono del libro. «Para mí, esta frase nombraba exactamente lo que quería contar: que el lugar de mayor intensidad —lo que quema, lo que duele, lo que incomoda— puede ser también el espacio donde algo finalmente se abre y cambia».
A medida que escribía, la frase se confirmó. La inspiración aparecía escena a escena, como si el texto mismo le fuera enseñando su propio hilo. Muchas veces, cuando una historia nace de un proceso real, hay imágenes o frases que funcionan como guía: no explican, señalan. Esta fue una de esas. «Me recordaba constantemente que no estaba escribiendo sobre una caída, sino sobre el punto exacto en el que el fuego se transforma en vida».
Ese es el corazón de El despertar de Sofía. Una historia que narra la vida de la protagonista, quien creía tener una vida estable, un amor seguro, un rumbo definido. Pero, como ocurre a veces, la vida se encarga de desarmar todo lo que parece firme para revelar quiénes somos en realidad. Cuando su mundo se derrumba, comienza un viaje inesperado: un camino de desapego, sanación y reencuentro con su propia voz.

El despertar de Sofía no empieza con una catástrofe espectacular, sino con una sensación de aparente estabilidad que se agrieta. ¿Te interesaba más contar la caída o el autoengaño previo?
Me interesaba más contar el autoengaño previo: ese territorio aparentemente tranquilo donde una cree que «todo está bien» porque funciona, porque aguanta, porque cumple. Esa estabilidad, en realidad, era una arquitectura construida para sostener lo insostenible: una forma de vivir sin mirar de frente lo que dolía. En la novela, la grieta no llega como un desastre cinematográfico, sino como lo que suele ocurrir en la vida real: una pequeña fisura que, de pronto, te revela que llevas años sosteniendo un personaje.
Y, al mismo tiempo, me interesaba contar la caída como un despertar, no como una derrota. Sofía empieza a entender que sus heridas no nacieron en el presente, sino que vienen de la infancia y se fueron reforzando con el tiempo, especialmente en el modo de vincularse. Para mí, lo importante era mostrar ese momento en que una deja de pedirle al mundo que la cure y decide hacerse cargo: mirar con honestidad lo que lleva dentro para no seguir proyectándolo en sus relaciones. Ahí empieza el verdadero cambio.
Sofía atraviesa pérdidas, silencios y revelaciones, pero el libro evita el dramatismo excesivo. ¿Cómo trabajaste ese tono contenido para no subrayar emocionalmente lo que ya era intenso?
En mi caso, ese tono contenido no nace de una estrategia estética, sino de un proceso interno. No fue contención en el sentido de «bajar la intensidad» o poner una distancia artificial: fue integración. Cuando un dolor ha sido atravesado de verdad, deja de exigir dramatismo para existir; se vuelve más limpio, más esencial. Sofía atraviesa pérdidas, silencios y revelaciones, pero yo ya no necesitaba subrayarlas: estaban vivas por sí mismas.
A la hora de escribir, lo trabajé confiando en el lector y en el poder de lo no dicho. Preferí la precisión a la exageración: que los hechos, los gestos y las grietas hablaran sin adornos. Hay emociones que, si las empujas con palabras de más, se vuelven ruido; en cambio, cuando las nombras con sencillez y dejas espacio, entran más hondo. Para mí, esa fue la verdadera medida: no contener por miedo, sino sostener con verdad.
El relato avanza más por estados internos que por acción externa. ¿Fue un reto narrativo sostener la tensión sin recurrir a grandes giros argumentales?
Sí, fue un reto, pero también una elección muy consciente. A mí me interesa esa tensión que no depende de grandes giros, sino de lo que se mueve por dentro: el momento en que una mirada cambia, cuando una verdad asoma, cuando algo que estaba negado ya no puede seguir siéndolo. En ese sentido, «menos es más». El libro ya contenía suficiente tensión emocional como para no necesitar fuegos artificiales: la vida interior de Sofía, sus silencios y sus umbrales, sostenían el pulso.
Además, cuando lo escribí yo estaba en un lugar interno muy distinto al de los años que narra. Eso me dio perspectiva, casi como si pudiera observarlo desde fuera, sin quedarme atrapada en el vértigo de entonces. Esa distancia no enfría el relato; lo afina. Me permitió contar con más verdad y menos urgencia, y confiar en que la tensión no siempre está en lo que ocurre, sino en lo que una por fin se atreve a ver.

En la novela, el desapego no aparece como renuncia sino como una forma de honestidad. ¿Te costó escribir contra ciertas ideas románticas muy arraigadas sobre el amor?
Sí, me costó, porque escribir contra ciertas ideas románticas no es sólo una decisión literaria: es una revisión personal. Hemos crecido con relatos donde amar es fusionarse, aguantar, salvar, esperar… y donde el «para siempre» justifica casi cualquier cosa. En la novela yo quería abrir otro lugar: el desapego no como frialdad ni como renuncia, sino como una forma de honestidad. A veces amar de verdad es dejar de pedirle al otro que nos complete.
El romanticismo puede ser precioso, pero sólo cuando se vive con conciencia. Si no, se convierte en un escenario perfecto para la dependencia: ponemos al otro a cargar con nuestras heridas, esperamos que nos cure, que nos sostenga, que nos dé identidad. Y ahí el amor deja de ser encuentro para volverse necesidad. Para mí, el desapego sano es lo contrario del abandono: es elegir desde la lucidez, con límites y responsabilidad emocional, sin perderte en el otro.
Hay una convivencia constante entre luz y sombra, sin que una anule a la otra. ¿Cómo evitaste caer en una narrativa de «superación» demasiado limpia o concluyente?
Lo evité porque no quería escribir una historia de «final feliz» empaquetado. Este libro nace de un lugar muy interno y, precisamente por eso, no podía traicionarlo con una conclusión perfecta. La vida real no funciona así: la luz no borra la sombra, y la sombra no invalida la luz. Lo que cambia, cuando hay un despertar, no es que desaparezca el dolor, sino la relación que tienes con él: deja de gobernarte en secreto.
Narrativamente, preferí no cerrar con un mensaje redondo de superación, sino con una verdad más humana: hay comprensión, hay pasos, hay alivio… y también hay capas que se siguen desplegando. Sofía no «se arregla», se ve. Y al verse, se elige de otra manera. Para mí esa es la transformación que tiene sentido: no una limpieza total, sino una integración honesta, donde lo vivido no se niega, se convierte en conciencia.

El lenguaje del libro es íntimo, pero no confesional. ¿Dónde pusiste el límite entre lo personal y lo literario mientras escribías?
Aquí puse muchísima atención, porque para mí había un límite ético claro. No quería escribir desde antiguos rencores ni convertir el libro en un ajuste de cuentas, y también me importaba profundamente que mis hijos no se sintieran expuestos o heridos. Eso marcó un límite muy concreto: contar la verdad emocional sin señalar culpables, hablar de lo vivido sin convertir a nadie en personaje condenado.
El filtro fue este: lo personal era el material en bruto; lo literario era la forma transformada. Me preguntaba todo el tiempo: «¿Esto nace de una necesidad de reparación interior o de una necesidad de castigo?». Si era lo segundo, lo dejaba fuera. Preferí trabajar con la esencia, sensaciones, preguntas, movimientos internos y no con detalles que alimentaran el morbo. Así el texto conserva intimidad, pero no se vuelve confesión: no pide ser juzgado, pide ser comprendido.
¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Escribías siguiendo una estructura clara o dejaste que la historia encontrara su forma a medida que avanzabas?
No seguí una estructura rígida desde el principio. El libro fue fluyendo a medida que lo iba escribiendo, como si la historia necesitara primero ser escuchada antes de ser ordenada. Había una brújula interna, la transformación de Sofía, sus umbrales emocionales, y yo me dejé guiar por esa verdad más que por un esquema. Me interesaba que el texto conservara algo orgánico, vivo, que no sonara «construido» desde fuera.
Después llegó la otra parte, más artesanal: la de darle forma. Revisé mucho para que ese fluir no se quedara en dispersión, para que cada escena y cada silencio tuvieran sentido dentro de un movimiento mayor. Para mí el proceso fue así: primero escribir desde la intuición y la honestidad; luego editar con cuidado para que lo íntimo se volviera narración y el lector pudiera caminar por el libro con claridad.
Sofía aprende a escucharse, pero no siempre a entenderse. ¿Te interesaba más el acto de escuchar que el de resolver?
Sí, totalmente; porque ahí empieza lo verdadero. La escucha es el primer gesto de madurez: dejar de empujarte hacia una respuesta rápida y quedarte un poco más con lo que sientes, aunque incomode. Cuando escuchas de verdad, sin prisa por arreglarlo todo, algo se ordena por dentro casi sin violencia.
La resolución, cuando llega, suele llegar sola, como consecuencia. Si yo hubiese intentado «resolver» desde la mente, probablemente habría escrito (y vivido) una versión más controlada, más racional… y menos transformadora. En mi proceso y en el de Sofía, el aprendizaje vino de lo vivido, no de lo pensado: atravesar dolor, tristeza, culpa, miedo… y desde ahí hacerme cargo con honestidad, sin atajos. No se trata de entenderlo todo, sino de estar presente con lo que eres, hasta que la comprensión te alcanza.
Si El despertar de Sofía tuviera que definirse por una sola decisión narrativa, ¿cuál dirías que es la más importante que tomaste al escribir?
Sostener la historia desde la mirada de Sofía, no desde la espectacularidad de lo que le ocurre. Elegí que el verdadero avance del libro fuese un desplazamiento de conciencia: cómo cambia su percepción, cómo se desmorona una vieja manera de narrarse a sí misma y cómo aprende a habitar su verdad sin adornos. Eso implica renunciar a ciertos recursos fáciles (el giro dramático, la escena efectista) y confiar en algo más exigente: el pulso de lo íntimo.
Y, ligada a esa decisión, hubo otra: no escribir para convencer ni para justificar, sino para nombrar con precisión. Quitar lo que sobraba, dejar espacio, permitir que el lector sintiera sin que yo le dijera qué sentir. En el fondo, la apuesta fue esta: que el lenguaje no tapara la herida, sino que la iluminara con una honestidad serena. Esa fue mi forma de ser fiel al despertar que la novela cuenta.
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