Por Andrea Argüelles
La mirada de la diosa arranca con los elementos clásicos del suspense: un submarino nazi hundido en el Atlántico, un tesoro desaparecido y un operador de radio británico. Pero lo que comenzó siendo una intriga «muy canónica y manejable», pronto se transformó bajo la pluma de Miriam Conde en un relato sobre las herencias emocionales.
La autora confiesa que el giro ocurrió al comprender que los vínculos familiares dictaban el ritmo de la historia: «El momento decisivo fue cuando vi que los conflictos de mis personajes no terminaban en ellos mismos. El silencio de la abuela afectaba a la manera en que su nieto se miraba a sí mismo».
A partir de entonces, la búsqueda del tesoro pasó a un segundo plano para centrarse en «entender por qué ciertos secretos se enterraron tan hondo en la memoria familiar». Este cambio de rumbo surgió gracias a un icono griego que funcionó como germen de la novela; y el encuentro con esa «mirada antigua que observa y reclama continuidad», lo que la llevó a descubrir que «lo que quería contar no podía desvelarse con una sola vida».
Mientras avanzaba la escritura, los personajes reclamaron su propio espacio temporal: Doña Laura anclada en el pasado, Gonzalo lidiando con un presente incontrolable y Sara escuchando los ecos de tiempos remotos. La estructura se expandió para abarcar estas distintas épocas, revelando una compleja red de transmisión del dolor y el afecto.
La obra trasciende el misterio inicial para consolidarse como una estructura coral que atraviesa generaciones. Lo que comenzó como un enigma náutico se convirtió en un viaje profundo, demostrando que los secretos más persistentes no yacen en el fondo del mar, sino en la memoria de quienes nos precedieron.

La novela conecta la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil española y el presente. ¿Qué te interesa de esos momentos históricos cuando se filtran en la vida íntima de los personajes?
Me interesa, sobre todo, que la Historia no se conforma con quedarse en los libros de texto. Se cuela por las rendijas de las casas y en las decisiones aparentemente pequeñas. Las guerras no solo dibujan fronteras y llenan tesis doctorales; también moldean la personalidad de quienes las sobreviven. Repercuten en la mesa familiar, en una promesa rota, o en la vida de un niño que crece con un vacío que no sabe nombrar.
La Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial son conflictos enormes, casi inabarcables, pero lo fundamental para mí es cómo mostrar ese drama, con una carta que no llega, con una persona de la que no te despides. Cuando sitúas esas grandes fechas en la intimidad de una cocina o en la memoria de un niño, dejan de ser abstractas y se vuelven muy humanas.
Gonzalo y Sara parten de lugares vitales muy distintos, pero ambos cargan con una memoria incompleta. ¿Qué te atrae de los personajes que heredan historias que no pidieron?
Me atraen porque se parecen mucho a todos nosotros. Ninguno elegimos a la familia en la que nacemos, ni el contexto histórico. A lo mejor cargamos con historias familiares que desconocemos. Gonzalo y Sara representan dos formas distintas de esa herencia incompleta. Él recibe unos cuadernos que más que respuestas contienen heridas; ella encuentra un icono que altera todo lo que creía conocer sobre su familia. Ambos encarnan la sospecha de que sus vidas pertenecen a una historia mayor. Y ese desconcierto los vuelve vulnerables, pero también luminosos.
Lo interesante de estos personajes es que su viaje no consiste solo en encontrar respuestas, sino en decidir qué hacer con ellas. Tienen cada pie en un mundo, el de la lealtad hacia los suyos y el de la necesidad de construir una identidad propia. Ese tira y afloja entre el pasado y el futuro genera tensión narrativa, por supuesto, pero sobre todo genera personajes vivos.
El mar, y lo que se esconde bajo él, tiene un peso simbólico muy fuerte en la novela. ¿Qué representa para ti ese fondo marino donde se entierran tesoros, secretos y silencios?
El mar es un territorio narrativo inagotable, porque nunca muestra todo lo que esconde. Su superficie puede parecer en calma, pero debajo hay restos de vidas, decisiones, naufragios, tesoros y culpas. Es como un archivo sin catalogar. Tiene, además, una doble condición. Es una promesa de viajes a lugares remotos, de riqueza, pero también de tumba y peligro. Para mí simboliza la frontera entre lo que se quiere olvidar y lo que insiste en emerger. Es un espacio ignoto, esperando a quien se atreva a descender.

En la trama conviven la aventura, el romance, el misterio histórico y el descifrado de códigos. ¿Cómo trabajaste ese equilibrio para que ninguno de esos elementos se impusiera sobre los demás?
Con mucha reescritura, bastante café y una pizca de disciplina ingenieril. Desde el principio tuve claro que no quería una novela que fuese solo un listado de códigos y pistas, ni tampoco un romance disfrazado de intriga histórica. Me interesaba que el lector sintiera que la aventura, el amor, el misterio y la investigación estaban todos al servicio de una misma historia. Cada vez que uno de estos ingredientes amenazaba con «comerse» a los demás, volvía al núcleo emocional de la escena y me preguntaba qué estaba en juego para los personajes.
El descifrado de códigos, por ejemplo, es emocionante en sí mismo, pero lo que de verdad importa es qué pasa en Gonzalo mientras lo descubre. El romance puede ser muy intenso, pero si no está atravesado por el peso de lo que arrastran los personajes se queda en la superficie.
Mi referencia ha sido la percepción del lector, quería que sintiera curiosidad, emoción y empatía. Si lo he conseguido o no, eso ya le toca decirlo a él. Al menos, he intentado que la novela sea como un buen plato. No se trata de notar la sal o el pimentón, sino de que todo junto tenga sentido.
Los iconos sagrados, los pergaminos y los objetos heredados parecen tener casi vida propia. ¿Qué papel juegan los objetos en la construcción de la memoria dentro de la novela?
Los objetos, en mi experiencia, son tercos. Se quedan cuando las personas se van, acumulan polvo y significado al mismo tiempo, y a veces se convierten en los auténticos notarios de lo que ocurrió. Los objetos son, en mi obra, pequeños guardianes del tiempo. Un icono, un reloj, un cuaderno cifrado… son cosas aparentemente inertes que, sin embargo, conservan la emoción de lo vivido y plantean preguntas a quienes los descubren.
En La mirada de la diosa, cada objeto actúa como un puente entre épocas. El icono griego conecta a Sara con Nuño de Menocal; los cuadernos conectan a Gonzalo con Jonathan; los objetos permiten que el pasado encuentre un resquicio para volver a hablar. Además, cada cosa adquiere un valor emocional distinto según quién la sostenga. Los objetos no hablan, pero cuando entran en la vida de alguien, se convierten en detonadores narrativos. Son puntos de partida para desenterrar la verdad.
¿Cómo fue el proceso de escritura de La mirada de la diosa? ¿Partiste de una gran investigación histórica o la historia fue pidiéndote documentación a medida que avanzabas?
Fue un proceso a dos tiempos. Al principio hubo una fase de documentación bastante intensa, en la que leí sobre criptografía, operadores de radio, rutas de submarinos en el Atlántico, monasterios ortodoxos y la vida cotidiana en la posguerra española. Esa base me permitió tener un terreno firme sobre el que caminar. Pero me di cuenta de que si me quedaba demasiado tiempo en esa fase corría el riesgo de no acabar nunca y abandonar. Así que, en un momento dado, me obligué a dejar de subrayar y empezar a escribir, confiando en que lo aprendido se filtraría de manera natural.
A partir de ahí, la historia empezó a pedirme documentación a la carta. Había escenas que reclamaban precisión, un tipo de mensaje cifrado, un protocolo en un submarino, la manera de conservar ciertos objetos religiosos. En esos casos, volvía a los libros, pero ya con preguntas muy concretas, guiadas por las necesidades de los personajes. Esa dinámica de ida y vuelta fue exigente pero también estimulante. Me permitió mantener vivo el asombro, que es algo que considero imprescindible: si me aburría leyendo sobre algo, era la señal de que no tenía que ocupar mucho texto en la novela.
¿Hubo alguna escena o personaje que te sorprendiera durante la escritura, que acabara yendo por un camino distinto al que habías previsto?
Sí, varios, y creo que ese es uno de los regalos más hermosos de escribir. Jonathan Palsey, por ejemplo, empezó siendo un personaje casi secundario, una sombra del pasado. Pero a medida que avanzaba, su voz fue creciendo y reclamando espacio. Descubrí en él una hondura emocional que no había previsto. También me sorprendió Sara. Su fortaleza no estaba en la primera versión. Apareció después, como una resistencia silenciosa ante el dolor. Ella me enseñó que a veces los personajes se defienden solos y descubren una dignidad que una, como autora, no ha sabido anticipar. Esas revelaciones son instantes de pura magia literaria.
También hubo escenas que cambiaron de tono sobre la marcha. Momentos que yo había imaginado muy solemnes y que, al escribirlos, exigieron una dosis de ironía o de ternura y otros, en teoría ligeros, que se cargaron de gravedad al conectar con heridas más profundas de lo previsto. Cuando eso ocurre, intento no imponer mi esquema previo. La escritura, para mí, es un diálogo: si la escena me dice «por aquí no» le hago caso. Es casi como caminar por el campo, puedes salir con una ruta en mente, pero a veces es el propio camino el que te guía.

La novela se mueve entre escenarios muy distintos: Grecia, el Atlántico, la costa cántabra, Estados Unidos. ¿Cómo trabajaste los espacios para que tuvieran peso narrativo y no fueran solo decorado?
Es que los lugares también son personajes, solo que no hablan con palabras. Grecia, el Atlántico, la costa cántabra o Estados Unidos no son solo coordenadas, cada uno representa una forma distinta de mirar el mundo. Grecia tiene una luz antigua que debía sentirse casi sagrada, un peso de siglos que se filtra en cada piedra. Quise que el lector respirara ese aire denso del Monte Athos, donde el silencio habla más que las palabras. El Atlántico, en cambio, lo trabajé como una presencia emocional. Sus aguas frías, su neblina, el sonido de la radio en un faro aislado… todo eso formaba un paisaje interior más que exterior. Jonathan escuchaba el mundo desde el Cantábrico, pero también se asfixiaba en su propio encierro. El mar debía transmitir tanto amenaza como belleza, porque es así, inmenso e indomable. Trabajé cada lugar no describiendo solo lo visible, sino mostrando cómo cada ambiente transforma a quien lo habita.
Me interesaba además que los espacios dialogaran entre sí. La costa cántabra y el Monte Athos, por ejemplo, están unidos por ese icono que viaja físicamente, pero también por lo que representan, lugares apartados en los que, sin embargo, se decide el sentido de la historia. Si el lector acaba con la sensación de haber estado allí y de haber entendido de dónde viene cada personaje, entonces esos espacios han cumplido su función narrativa.
¿En qué punto está ahora la saga y qué puedes adelantar sobre lo que viene después de La mirada de la diosa?
En principio, La mirada de la diosa acaba aquí. Me parecía honesto ofrecer al lector una historia con cierre, sin la sensación de estar leyendo solo la antesala de algo que vendrá después. Soy una persona inquieta, siempre en busca de otras historias y otros personajes a los que escuchar, así que mi impulso natural es seguir moviéndome, no quedarme demasiado tiempo en el mismo territorio narrativo. Esta novela cierra un arco importante de secretos familiares, memoria histórica y reconciliación con el pasado, y necesitaba que tuviera entidad propia, sin depender de una continuación para tener sentido.
Ahora bien, decir que acaba aquí no significa encerrarla y tirar la llave al mar. Si algo me ha enseñado la escritura es que el futuro es desobediente. ¿Quién puede predecir si, en algún momento, Gonzalo y Sara no descubrirán algo tan interesante como para cruzarse de nuevo en nuestro camino? Me gusta pensar que han quedado en reserva, viviendo sus vidas fuera de foco, No quiero forzar su regreso solo por inercia, pero tampoco cerrarme a la posibilidad. Mientras tanto, seguiré buscando otras miradas, otras diosas y otros naufragios que reclamen su propia novela.
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