Por Linda D’Ambrosio
I
En México, el surrealismo constituyó una válvula de escape para aquellos pintores que, durante la primera mitad del siglo XX, desearon hacer una pintura no comprometida. Al menos eso es lo que plantea Damián Bayón en su libro Aventura plástica de Hispanoamérica, al referirse a la tendencia denunciativa que signa la plástica mexicana a partir de la Revolución de 1910. En coincidencia con las modificaciones ideológicas y políticas de la época, se replanteó la función del artista como promotor de la transformación social, concepto que cristalizaría en el movimiento muralista.
En contra de la tesis de Bayón, Remedios Varo no se acogería al surrealismo por simple contraposición a posturas de compromiso político. Ya desde 1934, la pintora se había establecido en París, donde se sumó al grupo surrealista y contrajo matrimonio con Benjamin Péret, uno de los referentes del movimiento.
Muchos artistas veían en México la posibilidad de estudiar la cultura precolombina como expresión de lo ancestral y lo primitivo, temas favoritos del ideario surrealista. La semilla de esta corriente germinó gracias a hitos como la visita de André Breton en 1938 y la Exposición Internacional del Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano de 1940. Así pues, esta tendencia fue más que un «refugio» para los artistas al margen de las tensiones sociales.
En ese contexto florece la obra de Remedios Varo, la cual destaca por su impecable técnica pictórica y sus contenidos profundos, consolidando un corpus que sobresale en el surrealismo internacional.
La artista nació en Anglés, España, en 1908. Estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Ante la inminencia de la Guerra Civil Española, se trasladó a París y, finalmente, en 1941 se radicó en México, donde permaneció hasta su muerte en 1963.
El crítico Peter Engel estima que la pintura de Varo refleja reminiscencias de su niñez, manifestadas en conceptos arquitectónicos como muros de piedra, torres y arcos góticos. Estos elementos sirven de escenario para los personajes estilizados que protagonizan sus lienzos. Su raigambre europea también aflora en la descripción de la vegetación (cipreses y encinas) con una estética de evocación leonardesca.
Finalmente, un elemento esencial en su narrativa es el tratamiento de la alquimia y la transmutación, temas de influencia renacentista que dotan a su obra de un carácter místico y científico único en la historia del arte.
II
La obra de Remedios Varo refleja su fe en la existencia de un orden superior, al que se asciende mediante la transformación y la depuración progresivas. Este concepto logró tal preponderancia en la vida de la artista que la llevó a abandonar el catolicismo para adscribirse sucesivamente a diversas tendencias religiosas que proclaman la reencarnación.
Subsiste en su obra, en consecuencia, un señalamiento de la preeminencia de lo inmanente sobre lo perecedero, conceptos que aparecen frecuentemente contrastados en sus cuadros. Lo inmanente, relativo al orden superior último, se representa mediante alusiones a las matemáticas y la música, regidas por leyes universales que se transcriben como fórmulas inmutables. Lo perecedero se evoca a través de una realidad material en estado de descomposición, de desorden, de decadencia, que recrea una atmósfera desgastada dentro de la cual, sin embargo, los personajes permanecen impasibles.
La más dramática ilustración de ese contraste se aprecia en Armonía —o autorretrato sugerente— (1956), donde un cataclismo parece sobrevenir mientras el protagonista permanece ajeno a la realidad que lo circunda: el enlosado del suelo se desprende como si la habitación estuviera suspendida en el aire y el viento lo levantara, y por entre las oquedades comienza a introducirse una sutil entidad, liviana y ondulante, así como elementos vegetales.

De las paredes emerge una luminosa presencia, que Octavio Paz ha interpretado como una alegoría del azar, e infinidad de eventos sobrenaturales se desarrollan mientras el personaje parece ignorar cuanto acontece en torno suyo, ocupado en descubrir —al decir de la artista— «el hilo invisible que une todas las cosas». Para ello, se entretiene en ensartar diversos elementos en un pentagrama de metal. Más bien se diría que intenta organizarlos y encontrar la fórmula que los relaciona, a fin de esclarecer cuáles son las normas que rigen el orden del universo.
El flautista (1955) contrapone una vez más dos elementos que simbolizan la antítesis entre lo trascendental y lo efímero: la torre que se desmorona y la presencia del músico imperturbable. En esta paráfrasis de las murallas de Jericó, la torre comienza a derrumbarse por las piezas colocadas en la cima del edificio, sucumbiendo en un orden inverso al empleado para su construcción. Las piedras, en cuya superficie pueden percibirse fósiles, van a parar, una a una, a los pies del flautista. Cabría ver quizás en esos fósiles una referencia más a lo efímero, pero, sin duda, también a lo ancestral.

Plagadas de contenidos oníricos, de símbolos, de elementos primitivos, las obras de Varo disponen complejas escenografías que sirven de marco a sus característicos personajes de alargada anatomía, pálidas encarnaduras e inexpresiva fisonomía. A veces representa delicadas figuras cargadas de una pasiva tristeza; otras, representa híbridos. Se da en los lienzos de la artista una reiterada presencia de las aves, justificada quizá por la naturaleza ambivalente de estos animales, que les permite tanto desprenderse de la realidad material a través del vuelo como posarse en tierra. Esta posibilidad de pasar de un estrato a otro remite nuevamente a la mutación, a lo dual, a la continua transformación de las cosas.
En Armonía, las aves revolotean en medio del salón para ir a posarse en el respaldo de una silla, cuya tapicería ha eclosionado y se entreabre para dejar ver un nido de huevos color turquesa. Una vez más las aves se hacen presentes en El encuentro (1959), también conocido como La visita, donde un pájaro asoma por entre los pliegues de la vestidura vegetal que se ciñe en torno a la visitante nocturna. Por otro lado, la iconografía del ser alado alcanza su punto más alto en Creación de las aves (1957); en esta obra aparece aquel ser mitad hombre y mitad lechuza, con labios en lugar de pico y plumas en lugar de piel, que se yergue sobre piernas humanas mientras dota de vida a sus pinceladas.

Estos grutescos, estos híbridos que pueblan los lienzos de Remedios Varo, asumen casi siempre la morfología de seres alados, como se aprecia en El jardín del amor (1944) o en Los hilos del destino (1956), y representan, al fin y al cabo, estadios intermedios en la transmutación de seres que se transforman en animales o en otros entes fantásticos.
Las metamorfosis son ejemplos contundentes de esta transición en sus cuadros; en Armonía (1956), por ejemplo, las paredes dejan de ser materia inerte para convertirse en entidades imaginarias que cobran vida. A pesar de que su título sugiere simplemente una similitud física entre el personaje y su entorno, el cuadro Mimetismo (1960) plantea una verdadera metamorfosis orgánica que la propia autora describió en los siguientes términos:
«Este es un inquietante caso de mimetismo: esa señora quedó tanto rato pensativa e inmóvil que se está transformando en sillón, la carne se le ha puesto igual que la tela del sillón y las manos y pies son ya de madera torneada; los muebles se aburren y el sillón le muerde a la mesa, la silla del fondo investiga lo que contiene el cajón, el gato que salió a cazar sufre susto y asombro al regreso cuando ve la transformación».

Otros elementos recurrentes en los lienzos de la artista son los sólidos geométricos y las maquinarias elementales, que remiten una vez más a la regularidad, a la estabilidad y al orden cósmico. Aunque puestos en tela de juicio en cuanto a sus contenidos —Bayón la acusa de «gratuidad» por la inclusión de ciertos elementos en sus obras— sus lienzos están ejecutados con indiscutible destreza y con un decidido matiz personal que identifica a la autora.
Una técnica impecable distingue el trabajo, caracterizado por las transparencias, por las atmósferas apasteladas, por la luz tamizada, por el trazo perceptible, por el equilibrio y la armonía en la composición. Remedios Varo constituye, en verdad, un hito dentro de la plástica latinoamericana. Sobresale por estilo y ejecución entre sus contemporáneos, y lega una obra que revela la sólida formación artística e intelectual de la pintora.

Linda D’Ambrosio, radicada en España desde hace más de veinte años, es promotora cultural, gestora de proyectos artísticos, productora y escritora. Fundadora de D’Ambrosio Producciones, organiza eventos y exposiciones para visibilizar artistas, promoviendo la cultura, la integración y la recuperación de la identidad profesional de quienes llegan a nuevos entornos.
[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].