Por María Laura Padrón
El hallazgo de El midrash del coyote en una pequeña tienda del oeste de Mexicali le produce a Daniel P. Coen el asombro y la nostalgia de quien tropieza con un fragmento que remite a una vida pasada. Este tebeo —el único de su autoría, dibujado veinte años atrás— ahora se le presenta como una forma de buscar respuestas a su memoria y a su identidad. Daniel P. Coen es el protagonista de La lengua herida (Editorial Candaya), novela del escritor y editor David Aliaga. Elegido por la revista Granta como uno de los mejores escritores jóvenes en español, comparte con su personaje una obsesión: sostener cómics entre las manos mientras busca, en las viñetas y en la historia, las raíces de su identidad.
A propósito del Día del Cómic, celebrado el 17 de marzo, acudo a él como una de las voces más autorizadas para analizar el noveno arte en España. La etiqueta le causa gracia; asegura, sin falsa modestia, que no se siente como tal, aunque admite haber escrito páginas lúcidas sobre la obra de figuras como Grant Morrison, Ed Brubaker o Jonathan Hickman. «Ahora bien», puntualiza, «si me preguntas a mí, las voces autorizadas son las de quienes han convertido el cómic en el centro de gravedad de su producción intelectual, como Álvaro Pons, Iria Ros, Elisa McCausland, Roberto Bartual, Noelia Ibarra o Moisés Hassan Bendahan…».
«Lo que sí soy es un lector que ha pasado muchas horas entre viñetas, que ha dedicado algunas horas durante todos estos años a pensar esas páginas que ha leído y que, de forma natural, las ha puesto a dialogar con otras lecturas». Así, en La lengua herida, el tebeo deja de ser un mero objeto de estudio para transformarse en el motor que impulsa su propia ficción. Sobre esa frontera donde la imagen y la palabra se confunden, converso con David Aliaga.

P. Coen es un dibujante que busca sus raíces judías en México. ¿Crees que el lenguaje del cómic, con su síntesis y sus espacios en blanco, es la herramienta más honesta para intentar dibujar una memoria que ha sido fragmentada por el trauma y el exilio?
Diría que la honestidad tiene que ver con la forma en que el autor se posiciona frente al proceso creativo y no con la forma de arte que decida emplear para contar algo. La fragmentariedad o los espacios en blanco son reproducibles, de distinta manera, tanto en la literatura, como en el cómic, en la pintura, en la música… El hecho de que yo me decidiese inicialmente a retratar un protagonista que trata de recomponer la historia del exilio de su abuelo judío a través del cómic tiene que ver con que es un arte cuyo desarrollo está íntimamente ligado con la experiencia judía en el siglo XX. El cómic de superhéroes tal como lo conocemos, por ejemplo, está moldeado por autores judíos estadounidenses, nietos o hijos de inmigrantes que huyeron de la violencia antisemita en Europa, y que encontraron en ese sector cultural por desarrollar y entonces sin prestigio social una forma de ganarse la vida y de desarrollar su pulsión creativa. Antes, incluso, encontramos a Will Eisner, que probablemente es uno de los primeros autores que apostó por convertir un modo de expresión concebido y producido como objeto de consumo en arte. Así que hacer del protagonista de La lengua herida un autor de cómic, aunque tiene que ver con otras cuestiones también, partió de una idea genealógica o histórica, por así decir.
Has comentado que integrar el cómic en esta novela fue casi una «provocación». ¿Sientes que todavía existe cierto prejuicio en la literatura «de prestigio» hacia quienes reivindican el tebeo como un arte mayor?
Cada vez menos, por suerte, pero creo que sí, que todavía hay prejuicios bastante extendidos en cuanto al cómic como forma de arte: se ve como una forma de arte menor, de consumo, para niños… Hay un menosprecio a priori. De hecho, como acabas de decir, otro de los motivos para escribir a P. Coen como un intelectual cuya aspiración frustrada era ser dibujante de cómic fue la voluntad de provocar a quienes todavía mantienen esos prejuicios.
¿Alguna vez te ha tocado lidiar con esa barrera de incomprensión?
Mira, sobre esto, recuerdo una noche, en una cena con otros editores y escritores en Montreal, en la que estábamos hablando sobre escritores franceses, como Michon o Quignard, que una de las personas que estaba allí alabó como «autores difíciles»… En esa misma conversación, no sé muy bien por qué o cómo, acabé por mencionar a Grant Morrison. Y alguno de los comensales cortocircuitó, le pareció una broma o una boutade, no daba crédito a que alguien que hubiese disfrutado de Las lágrimas o Rimbaud el hijo pudiese dedicar su tiempo a leer tebeos de La Patrulla-X o Superman. Algunas experiencias como esta me han llevado también a querer mezclar el cómic en mi narrativa. Creo que está bien hacer cortocircuitar de vez en cuando a los que tienen estrecheces de miras, en cualquier ámbito.
Para los lectores que aún ven el cómic como algo infantil, ¿qué le aporta la narrativa gráfica a un adulto que no pueda encontrar en una novela convencional o en el cine?
El cómic es una forma de arte que ha ido desarrollando su propio lenguaje, especificidades narrativas propias que ofrecen una experiencia particular, distinta a leer un libro, ver una película… Algo que siempre me ha parecido interesante de esa experiencia, y en lo que insistía mucho Eisner, es el control que el lector tiene sobre la secuencialidad de la narración, sobre las posibilidades de simultaneidad que ofrece. Podríamos también hablar de eso que Scott McCloud llamó closure, es decir, que por la naturaleza del cómic el lector tiene que completar por medio de la imaginación lo que sucede entre viñetas. Y es muy interesante también cómo los dibujantes han aprendido a jugar con eso. En todo caso, si uno quiere descubrir qué le puede aportar el cómic como forma específica de narrativa, lo mejor que puede hacer es asomarse a un tebeo, por ejemplo, de Javier Rodríguez y dejarse asombrar por todo lo que es capaz de contar a través de las formas, la secuenciación, la ocupación de la página…

En la novela se habla de «tirar de un hilo para tejer la narración». Como conocedor profundo de los universos de Marvel y DC, ¿hasta qué punto el storytelling de superhéroes ha permeado tu ADN narrativo a la hora de estructurar una novela?
En este caso, si es que en mi forma de narrar hay alguna herencia del storytelling del cómic de superhéroes, quizá habría que hablar de un viaje de ida y vuelta. La narrativa de los cómics de superhéroes se configura a partir de estructuras narrativas que preceden a ese género en varios siglos: si nos vamos a leer las historietas que retratan cómo obtienen sus poderes personajes como el Doctor Extraño o Estela Plateada, vamos a ver que son reformulaciones de narraciones míticas, que responden a aquello que Campbell llamó el viaje del héroe, que identificamos en tantos ritos iniciáticos de distintas tradiciones… Así que por ahí puede haber alguna conexión, en cuanto a estructura, claro.
Pero del mismo modo que hace un momento reivindicaba a Javier Rodríguez o Will Eisner (y podría hablar también de Gene Colan, Marcos Martín, Muntsa Vicente, Tradd Moore…) por explorar las especificidades del cómic como forma de arte, cuando escribo, intento hacer lo mismo: experimentar con las especificidades de la narrativa literaria. En relación con esto, quizá sí podría hablarte de algo que intenté lograr a través de la palabra escrita, y es que algunos pasajes concretos de la novela, que se filtran a través del pensamiento de ese protagonista que sí es autor de cómic y que, por lo tanto, se narra del mundo a sí mismo de esa forma, si intenté escribirlos de manera que pudiesen reproducirse en la mente del lector como una serie de viñetas, de estampas visuales que recordasen al cómic, en las que el color tiene valor simbólico y no representativo, porque así era como los estaba pensando P. Coen.
P. Coen retoma su vocación de dibujante justo cuando necesita entenderse a sí mismo. ¿Es el acto de dibujar, en tu opinión, una forma de introspección más primaria y directa que la escritura?
No te sabría decir, la verdad. Pero mi intuición es que no, que todo tiene que ver con qué lenguaje resulta más natural para cada uno y cuál le permite desarrollar de forma más intensa o precisa esa introspección. Si yo me pongo a dibujar, ya te digo que no habrá introspección… (risas).
¿Cuándo es el mejor momento para iniciarse en el cómic y qué títulos le darías a alguien que quiera entender por primera vez que una viñeta puede ser tan profunda como un ensayo de historia?
Cualquier momento es bueno para comenzar a leer cómic, igual que cualquier momento es bueno para empezar a leer novelas, para escuchar música, para ir al teatro… si es que uno no lo ha hecho antes. Como en todos esos otros casos, supongo que lo ideal es hacerlo en la infancia, ya que uno naturalizará antes los códigos, la forma de narración propia del medio.
Y, mira, si me preguntas por cómic infantil o orientado a un público más joven, que justamente explote las particularidades del tebeo te mencionaría dos títulos en cuya edición en español y catalán tuve la fortuna de trabajar: El Pequeño Peludo de Pierre Bailly y Céline Fraipont, e Imbatible, de Pascal Jousselin. En cuanto a lo segundo, obras que puedan demostrarle a un lector con prejuicios que un cómic le puede proporcionar una experiencia intelectualmente potente, podríamos hablar de Contrato con Dios de Eisner, Persépolis de Marjane Satrapi, cualquiera de Paco Roca… Aunque, rescatando esa voluntad de provocar, mencionaría también alguno de superhéroes, como Animal Man de Grant Morrison, que es la obra con la que está obsesionado el protagonista de La lengua herida y con la que mi novela establece un diálogo en varios momentos.
Tu novela viaja de Europa a México. ¿Cómo dialoga la sobriedad de la memoria judía europea con la explosividad visual y gráfica que encontramos en el imaginario mexicano?
Tiene truco, tiene truco… (risas). Porque la pequeña parcela de México que retrato en la novela es la del desierto, la del territorio de frontera. Y esa es una imagen también muy sobria, que habla simbólicamente sobre el exilio, la violencia, la diáspora… por ahí se establece la conexión.
A menudo se dice que el cómic es «lectura fácil», pero requiere una decodificación visual compleja. ¿Qué capacidades cognitivas crees que estamos perdiendo si dejamos de leer narrativas visuales?
Claro. Cuando alguien considera que un cómic es lectura fácil, de nuevo, lo está despreciando a priori. La narrativa multimodal propia del tebeo puede servirnos para entrenar el cerebro para integrar múltiples niveles de información al mismo tiempo, para decodificar e interpretar emociones y símbolos a través del ojo, puede ayudarnos a sofisticar el razonamiento Ssecuencial y espacial… Pero, bueno, los procesos cognitivos y el funcionamiento del cerebro me quedan un poco lejos; seguro que esto te lo podría explicar mejor una de esas voces autorizadas de las que te hablaba hace un rato.
En La lengua herida hay un peso importante del silencio. En el cómic, el silencio se dibuja en las «calles» (el espacio entre viñetas). ¿Cómo trasladaste ese concepto de «lo que no se dice» a la novela?
Es curioso que me lo preguntes, porque esa conexión entre los gutters de la página de cómic y el silencio narrativo es algo que ha señalado algún crítico en su lectura de la novela, pero no es algo que yo trabajase de ese modo. Lo que no está escrito tiene una importancia enorme, tanto formal como temáticamente, en La lengua herida, pero no lo pensé desde el cómic. Tiene que ver con una concepción judía, maimonideana del lenguaje, con el problema del archivo y la construcción de la memoria tal como lo planteaba Derrida, con el efecto que causa el narrativo de la elipsis…

Si tuvieras que elegir a un autor de cómic (clásico o actual) que haya influido en tu estilo de escritura tanto o más que un novelista, ¿quién sería y por qué?
A estas alturas de la entrevista no va a sonar original, pero para responder a esta pregunta tengo que volver a mencionar algunos nombres de los que ya hemos ido hablando… De Grant Morrison me interesa sobre todo cómo trabaja la metaliteratura, cómo juega con la cuarta pared y el pacto ficcional. Algo de eso, diría, hay en La lengua herida. Y conecto mucho con el compromiso de Eisner o Rodríguez de llevar al límite el lenguaje con el que uno trabaja, de explorar al máximo sus posibilidades narrativas… Pero creo que mis influencias más identificables y conscientes son otras: la literatura talmúdica, Kafka, Paul Celan, Javier Marías, Patrick Modiano… con ellos aprecio una deuda más clara, y escogida.
Tras cerrar La lengua herida, ¿te ves dando el salto definitivo y guionizando tu propia novela gráfica, o prefieres seguir siendo ese puente necesario entre la literatura y el noveno arte?
No lo sé. No sé si llegará a suceder, en parte porque no es algo que dependa solamente de mí; pero sí, claro, me gustaría que se diese. Me parece muy estimulante la perspectiva de salir de mi ámbito y sentarme a escribir algo en diálogo con un dibujante, con alguien que narra desde la mirada, desde la forma y la ocupación de la página, pensar una historia a partir de las especificidades narrativas de ese medio, explorar lo que eso pueda traerme como alguien trabaja con la palabra escrita, vivir ese proceso creativo… Definitivamente, me encantaría que sucediese. Pero ya veremos.
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