Por Oriana Ugarte
Hay historias que no se eligen, sino que te atraviesan. Eso es lo que siente uno al leer a Lorena Camacho Manzanarez. En su libro, Once inviernos y medio, la autora no solo nos cuenta su vida; nos abre la puerta a su rincón más íntimo para hablarnos de algo que todos hemos sentido alguna vez: la necesidad de ser queridos y el miedo a perder aquello que nos da luz.
A través de Luna, su alter ego en el papel, revive una adolescencia marcada por silencios familiares que pesaban demasiado y por un amor, el de Ángel, que llegó para cambiarlo todo. No es el típico diario de penas; es el relato de una niña que tuvo que hacerse fuerte antes de tiempo y de una mujer que, años después, se atreve a mirar atrás con mucha compasión y sin filtros.
Publicar algo tan personal siendo tan joven da vértigo, pero lo hace con una honestidad que desarma. En esta entrevista, charlamos con ella sobre cómo fue el proceso de ponerle palabras al dolor, por qué el invierno se convirtió en el escenario de su vida y qué significa, al final del día, aprender a sobrevivir por una misma.

Escribir sobre uno mismo corre el riesgo de caer en el diario personal. ¿Cómo trabajaste la distancia entre la «Lorena que escribe» y la «Luna que vive la historia» para que el libro funcione como una pieza literaria y no solo como una confesión?
Al ser un libro basado en hechos reales, la pieza más importante al escribir Once inviernos y medio fue ser completamente honesta conmigo misma y darle voz a Luna. Luna forma parte de mí. Gracias a ella pude rebuscar en los recuerdos y en los pensamientos con los que creció. Ella vive la historia desde la emoción de aquel momento, mientras que la «Lorena que escribe» recoge esos relatos y les da forma con las palabras. La diferencia entre ambas no la llamaría distancia, sino tiempo. Los años, la experiencia y la madurez me permitieron mirar a esa niña desde otro lugar. No desde el juicio, sino desde la compasión y la empatía hacia todo lo que estaba sintiendo entonces.
«Sobrevivir demasiado pronto», se lee en la sinopsis del libro. ¿Cómo trasladaste esa madurez forzada al tono de la narradora? ¿Buscabas una voz ingenua que descubre el dolor o una voz reflexiva que mira hacia atrás?
Cuando hablo de haber tenido que sobrevivir demasiado pronto, me refiero a esa sensación de crecer antes de tiempo, de enfrentarte a emociones que quizá una niña todavía no sabe gestionar. Al escribir Once inviernos y medio quise respetar mucho esa mirada de Luna, su forma de sentir el mundo en ese momento. Por eso la voz de la narradora mantiene cierta ingenuidad, propia de alguien que todavía está intentando entender lo que le ocurre.
Luna descubre el dolor mientras lo vive, sin tener todavía todas las respuestas. Pero al mismo tiempo, la historia está escrita por la mirada de la Lorena adulta. Con los años aprendí a comprender muchas cosas que entonces no entendía. Así que, de alguna manera, el libro camina entre esas dos voces: la de la niña que siente y la de la mujer que, con el tiempo, ha aprendido a mirar esa historia con más conciencia.

El título sugiere una cronología muy marcada. ¿Por qué elegiste el invierno como eje temporal y estético de la novela? ¿Qué posibilidades narrativas te ofrecía esta estación frente a otras?
Mi vida durante aquellos años se parecía mucho al invierno: una etapa fría, silenciosa y a veces dura. El invierno se convirtió para mí en una metáfora muy natural de lo que estaba viviendo. También representa mi relación con Ángel. Nos conocimos en invierno, pero su corazón fue como el sol en el centro de mi vida. Con él desaparecieron los días grises. Todo se llenó de color, calor y felicidad.
De alguna manera, esos inviernos regresaron cuando él murió… también en invierno. El frío volvió a instalarse en mi vida. Sentía que nada podía abrigarme tanto como lo hacía estar entre sus brazos. Narrativamente me permití algo muy simbólico al escribir Once inviernos y medio: mostrar que incluso en las estaciones más frías la vida sigue avanzando. El invierno puede parecer eterno cuando lo estás viviendo, pero siempre termina dando paso a otra estación.
Y, en el fondo, esa es también la idea que quiero reflejar con la segunda parte de la historia: la resistencia y la transformación. Aprender a cambiar de estación por una misma, sin necesitar a nadie.
Dices que «los silencios dolían más que las palabras». En literatura, escribir el silencio es muy complejo. ¿Cómo trasladaste esa falta de comunicación familiar a la página sin que el ritmo de la novela decayera?
Los silencios no eran un vacío, eran una presencia constante. En mi familia había muchas cosas que no se decían, pero se sentían. Y ese peso era incluso más fuerte que cualquier palabra. Intenté trasladar esos silencios a través de las emociones de Luna: sus dudas, la manera de observar lo que ocurría a su alrededor, las preguntas que se hacía sin respuestas. Muchas veces el silencio se expresa más en lo que una persona piensa o siente que en lo que dice. En esos silencios es cómo el lector entra en la mente de Luna y empieza a comprender lo que está pasando. El silencio es el reflejo de los sentimientos.
Más allá de la persona real, Ángel funciona en el libro como el catalizador de un cambio. ¿Fue difícil construirlo como un personaje de carne y hueso, con sus matices, evitando que se convirtiera en un símbolo o una figura idealizada?
Lo más difícil de escribir mi libro fue revivir recuerdos y sentir de nuevo todas esas emociones. Pero escribir sobre Ángel no fue difícil; al contrario, fue un gran honor dejar un pedacito de su corazón en palabras… a través de mí. Y eso lo hace alguien tan real como yo: de carne y hueso, con luces y sombras, alguien que deja huella allá donde va. Hoy sigue siendo una presencia importante en mi vida. Le hablo como a mi ángel guardián. No lo idealizo, lo recuerdo por lo que dejó en mí: su amor, su honestidad, su capacidad de enseñar. Y así, cada página de mi historia lleva un poco de él, como un eco que nunca se apaga, y que me acompaña mientras sigo escribiendo la mía.

Hablas de «lugares que dejaron huella». ¿Qué importancia tiene la ambientación en tu obra? ¿Tratas los espacios físicos como personajes que condicionan el ánimo de Luna?
Los lugares tienen mucha importancia en mi historia, porque cada uno guarda un recuerdo distinto. Hay sitios que me devuelven a momentos muy felices y otros que inevitablemente me recuerdan cómo he llegado a ser la mujer que soy. El dolor es mi resiliencia. Al escribir, esos espacios no son solo escenarios; son parte de la memoria de Luna. Funcionan como pequeños personajes.
Un lugar puede abrazarte o puede recordarte lo que has perdido. Hay rincones que te dan paz y otros que te enfrentan a tus propios temores. Todo eso condiciona el ánimo de Luna, porque al final los lugares también guardan lo que hemos vivido en ellos. Por eso en el libro aparecen con tanta presencia: porque la vida no ocurre en el vacío. Ocurre en calles, en casas, en paisajes… y cada uno de ellos deja una huella distinta en quien los habita.
Cuando el material de trabajo es tu propia vida, el proceso de edición puede ser una carnicería. ¿Qué escenas fueron las más difíciles de dejar fuera por el bien del ritmo narrativo, a pesar de su peso emocional?
Más que una «carnicería», el proceso de edición fue un ejercicio de respeto hacia la historia. Había escenas muy intensas que, aunque significaban mucho para mí, entendí que no todas eran necesarias para que el lector comprendiera el camino de Luna. Algunas conversaciones, momentos cotidianos o recuerdos íntimos quedaron fuera. No porque fueran menos importantes, sino porque la historia necesitaba avanzar y respirar. Aprendí que a veces sugerir una emoción es más poderoso que contarlo todo. Esos recuerdos no desaparecen. Siguen formando parte de mí y de lo que viví. Pero un libro también necesita equilibrio, un espacio donde dejar al lector sentir, imaginar y completar silencios que quedan entre las páginas.
La literatura de duelo es un género con grandes referentes (desde Joan Didion hasta Delphine de Vigan). ¿Tenías algún referente literario en mente al intentar dar forma a esta historia de pérdida y reconstrucción?
Sinceramente, cuando empecé a escribir Once inviernos y medio no tenía referentes literarios en mente. De hecho desconocía de su existencia. No pensaba en géneros ni autores; simplemente necesitaba escribir. Era una forma de vaciar lo que llevaba dentro y de entender todo lo que había vivido, y aprendido. La referencia principal fue mi propia experiencia. Creo que por eso el libro es tan honesto. No nace de intentar parecerse a nadie, sino de una necesidad muy profunda de poner palabras a algo que durante mucho tiempo solo había existido como recuerdos, silencios y sentimientos dentro de mí.

Escribir sobre la necesidad de aceptación familiar requiere una precisión quirúrgica para no caer en el sentimentalismo. ¿Cómo fue tu proceso de pulido de lenguaje para mantener la sobriedad en los momentos más críticos?
Cuando se trata de familia, siempre hay algo de sentimentalismo. Mi manera de mantener la sobriedad fue intentar escribir desde la verdad de los recuerdos, sin exagerarlos ni adornarlos. Tal y como los sentí en su momento. A veces, cuando una emoción es tan fuerte, uno tiende a explicarla demasiado. Yo intenté lo contrario: dejar que las escenas, los silencios y las pequeñas acciones hablaran por sí mismas. Creo que ahí está la sobriedad del libro. No en esconder el dolor, sino en mostrarlo con honestidad y sencillez. Todo lo que es real no necesita de muchas palabras para llegar al lector.
Publicar esta historia siendo tan joven te posiciona en un lugar de exposición. ¿Cómo separas ahora a la Lorena autora de la obra «Once inviernos y medio»? ¿Sientes que el libro ya pertenece más a los lectores que a ti?
Publicar una historia tan personal te expone, pero con el tiempo he aprendido a entender que el libro ya tiene su propio camino. Yo fui la persona que lo escribió y que volcó en él una parte muy importante de su vida. Cada lector lo interpreta desde su propia historia, desde sus heridas o sus recuerdos, y ahí es donde el libro deja de ser solo mío. Se convierte en un espacio compartido, donde otras personas pueden verse reflejadas o sentirse acompañadas. La Lorena autora y la Lorena que vivió la historia siempre estarán conectadas, porque nacen de la misma persona. Pero hoy intento mirarlo con cierta distancia y con mucho cariño, como una etapa de mi vida que decidí transformar en palabras para que no solo hablara de mi dolor, sino también de la capacidad de seguir adelante.
Una vez «vaciada» esta historia vital, ¿qué intereses estilísticos o temáticos te despiertan curiosidad para futuros proyectos?
Después de vaciar una parte tan importante de mi historia, siento que todavía hay mucho por decir. Por eso, en la segunda parte de Once inviernos y medio, que ahora mismo está en proceso de edición, hablo sobre cómo una persona aprende a levantarse y a desafiar el dolor que la inunda. Elegirse a una misma después de momentos difíciles es, en el fondo, un acto de valentía.
Después de todo lo vivido hasta ahora, me gustaría seguir escribiendo desde la verdad emocional, ya sea en historias basadas en hechos reales o ficticias. Mis temas giran alrededor del amor, la espiritualidad y el drama. La escritura seguirá siendo para mí un lugar de búsqueda. Un espacio donde intentar entender mejor la vida, a los demás y también a mí misma.
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