Por Rafa Aguirre
Patria, la buena (Autsaider) es la última novela de Ricardo Gómez. Transcurre entre Euskadi y Madrid a mediados de los años 80. Miembros de un comando de ETA participan en el programa televisivo «Un, dos, tres» a modo de tapadera; siendo tan populares, nadie sospechará de ellos.
La historia comienza con el atentado de los GAL en el Hotel Monbar y termina tras el cierre campaña de la OTAN, con Felipe González en Madrid, el 10 de marzo de 1986. Sucesos y personajes reales se entrelazan con la ficción de manera tan meticulosa que la inmersión en la historia es muy profunda. Grandes acontecimientos y detalles, en principio irrelevantes, casan con la historia; próceres, delincuentes y personajes populares del momento, se cruzan con las vidas de los protagonistas para devenir en una novela coral sorprendente. Un leve toque de humor negro subyace en la obra sin por ello banalizar ni pecar de irreverente a la hora de tratar temas delicados.
Una joven policía, Luisa —conoceremos a su pareja, a sus padres, adónde van de vacaciones, la casa del pueblo y el ruido que meten los camiones cuando pasan por ahí— es la encargada de investigar el atentado de los GAL en el Hotel Monbar (25 de septiembre de 1985, Bayona, Francia) en el que, amén de los «objetivos», muere asesinado Alberto Legorburu, un camello que «pasaba por ahí». Su madre, Arantxa, había enviado unas semanas antes una carta para participar junto a su hijo en el programa concurso de televisión «Un, dos, tres, responda otra vez». A los pocos días de la muerte de Alberto, recibe la llamada de RTVE en la que se le comunica que ha sido seleccionada. Ante la imposibilidad anímica de asistir, convence a su otro hijo, Martín y a la novia de este, Irene —que está metida en ETA hasta las trancas— para que acudan en su lugar. Con permiso y condiciones de la cúpula de ETA —si hay premio, idealmente el apartamento en Torrevieja, será para la organización— viajan y se instalan en Madrid.
Irán pasando programas, la gente los reconoce por la calle, son tan populares que eso les permite pasar desapercibidos, sentar las bases del comando, colaborar en seguimientos y planificar de atentados, aunque no pasan tan desapercibidos como ellos creen. Parafraseando a la presentadora del programa de entretenimiento en el que concursan, «Hasta aquí puedo leer».
Conversamos con Ricardo Gómez sobre su libro y la prolongada sombra de los acontecimientos y el momento histórico en el que suceden.

Lo primero, felicitarle por el título.
Gracias. Se me ocurrió sin querer. Las buenas ideas casi siempre surgen del azar. El mérito es estar atento cuando pasan por delante y atraparlas. Cuando determiné que los personajes iban a ser de Hernani, me dije, joder, como el del otro… pues el mío se titulará «Patria, la buena».
En su libro se reflejan con gran fidelidad muchos hechos reales que dotan de verosimilitud y favorecen la capacidad inmersiva de la novela. Ese sustento hace que los lectores los conviertan en realidad otros «datos» fantaseados, ¿había esa intención de descolocar o confiaba usted más en la memoria de sus lectores para separar realidad y ficción?
Me fascina y me divierte mezclar hechos reales con una trama de ficción. Pero no con la intención de confundir a los lectores, sino para que puedan sumergirse en la novela con más pasión. Hay una parte de memoria, de investigación, y no son pocas las veces que durante el proceso de escritura me obligo a modificar la ficción porque quiero hacerla coincidir con una fecha o acontecimiento real, que es lo que marca el relato. Reconozco que soy algo excesivo y maniático, como por ejemplo al calcar los horarios de los trenes de 1985, que seguro que nadie va a verificar, pero el hacerlo me motiva y me inspira para seguir escribiendo. De cara al lector, ante una duda sobre algún hecho concreto, hoy en día es sencillo cotejarlo para saber si es verdad o ficción. Pero en general, si cuando uno escribe lo hace tratando a los lectores y lectoras como lo que son, seres inteligentes, la lectura se hace entretenida.
Los acontecimientos que suceden en su libro cumplen cuarenta años y curiosamente algunos se conectan de forma extraña con la actualidad, como es el caso del referéndum sobre la entrada de España en la OTAN y el tenso momento que vive dicha organización.
A veces me pregunto qué sucedería en la actualidad en un referéndum de la OTAN. Claro que habría que tener en cuenta que por entonces AP se abstuvo… cosa que hoy, el PP, no haría. Mis primeros recuerdos de conflictos internaciones tochos fueron la guerra de Irak-Irán y el bombardeo de EE. UU. contra Libia. Luego llegó el referéndum de la OTAN. Y me resulta curioso que al mismo tiempo que los pacifistas oficiales condenaban el terrorismo por poner bombas de abajo hacia arriba, normalizaban el terrorismo de las bombas de arriba hacia abajo. Dicho esto, la clave de tensionar a tope la OTAN está en nuestras manos. Darnos cuenta, aquí, y después allá, de quiénes son los que matan, los que bombardean, los del expolio, y los que justifican la violencia para obtener beneficios económicos. Salirse de la OTAN es una necesidad. Hacerlo aquí, y como la teoría de los círculos concéntricos, que sirva de ejemplo en otros lugares para que ellos hagan los mismo. No veo otra alternativa. Vuelta a la insumisión, pero en plan bestia.
En su novela conviven los recuerdos de infancia de mucha gente que ronda los cincuenta años, por un lado, los más confortables: la familia empezando el fin de semana, reunida frente al televisor ante un programa de entretenimiento ligero. Y por otro los miedos infantiles a los atentados, a los policías descontrolados, a la violencia extrema, la muerte o la injusticia divina. ¿Había esa intención de confrontar esas dos vivencias, la placidez y la ligereza del «Un, dos, tres», frente a los asesinatos y crueldades despiadadas?
Es posible que viviéramos bajo esa dualidad, y sin pretender parecer demasiado boomer, tengo la sensación de que hoy en día, ya sin ETA, hablemos claro, vivimos en un continuo desasosiego salpicado, vía prensa o redes sociales, de noticias que nos alertan compulsivamente sobre timos, patinetes que se incendian, no comas esto, bandas latinas, ondas cancerígenas, y robos al Real Madrid… ya vale, coño. Hay una frase, ya sé que está mal citarse, pero que he utilizado en el libro y refleja de alguna manera el espíritu de la novela y la respuesta a tu pregunta. Cuando el hermano del prota se esconde en el cine huyendo de Gallardo (otro de los nombres cambiados), mientras se proyecta el filme «Masacre, ven y mira», reflexiona así: Los nazis, al igual que el comandante Rodríguez Gallardo, no aparecían como enemigos a los que se pudiera vencer, sino como presencias inevitables, terroríficas. Y creo sinceramente que la sensación que se tenía por entonces era esa, inevitable.

Tengo entendido que tuvo una entrevista con los concursantes guipuzcoanos que acudieron al «Un, dos, tres» para poder aportar detalles y credibilidad a toda la parte del concurso. ¿Habló con alguien más con ese mismo fin dentro del entorno de ETA o de las Fuerzas de Seguridad?
Hablé con los concursantes de 1985, muy majos, y también de Hernani. Los recordaba de niño, de verlos por la tele. Tengo una memoria asquerosa, nada se me olvida, lo cual me ayuda para escribir, pero es una mierda porque parece que todo fue ayer y sin darme cuenta han pasado un montón de años. Total, que me puse a rastrear y en diez minutos ya tenía un teléfono. Me dieron mucha información que después llevé a la novela, cierto que también la adapté a la ficción. No hubiera sido complicado haber entrevistado tanto a una persona que por entonces tenía responsabilidad dentro de esa organización que no se debe nombrar, como a un señor de la misma época, pero de las Fuerzas de Seguridad, también con responsabilidad. Pero joder, luego si me piden salir en los créditos, menudo marrón… ¿cómo les digo que no?
La mayoría de los políticos, etarras y policías, aparecen en su libro con nombres falsos relativamente fáciles de identificar, en cambio los terroristas de los GAL son de los pocos personajes «delicados» que aparecen con su verdadero nombre, ¿a qué se deben estas decisiones?
Mantuve los nombres originales del «Un, dos, tres»… (Chicho, Mayra, azafatas, etc.) porque tenía su punto y para hacer esa parte más reconocible. A los mercenarios franceses de los GAL no se los cambié porque no eran demasiado celebrities y retorcerles el nombre no tiene gracia si no se les conoce.
Pero en general modifiqué un poco los nombres oficiales, un poco por intuición, otro poco por humor, y porque, aunque estaba escribiendo una historia de ficción en una época muy concreta, tenía claro que mi ficción estaba por encima de esos personajes reales y que no me comieran la historia. Lo mismo que con la música, que a veces me preguntan por qué salen referencias de grupos góticos y no del rock radical, pues porque no me sale de los cojones, porque es un libro oscuro y after punk, como yo, y quería evitar a toda costa que se me colara Fermin Muguruza bailando el Sarri Sarri jodiéndome el libro. Por cierto, esto es verdad, Sarrionandia tiene Patria, la buena.
El reparto es muy amplio y hay un generoso desarrollo de la personalidad de todos ellos. En varias entrevistas reconoce que Luisa, la policía, es su personaje favorito. Por el contrario, ¿hay algún otro, más allá de los abiertamente «malos», con el que usted no simpatizara?
No simpatizo con Irene, la novia etarra del prota. Me cae mal. Además, fuma. De Luisa, la poli buena, me he ido enamorando a medida que la novela crecía. De ella y de su pareja, Carmen, la chica del pelo corto. Y de los «malos» oficiales me gusta, al menos he disfrutado caracterizándolo, Olmedo, el que suena como Amedo… Y esto es importante; los personajes no tienen por qué ser éticos, el libro sí.
¿Cuál es la fórmula para mantener el espíritu y la tensión de una novela negra canónica como Patria, la buena, teniendo de fondo un espíritu socarrón, casi rozando el humor?
Creo que podría ser la sinceridad a la hora de escribir. Y eso que a veces me tengo que cortar porque se me va la pinza con el humor negro, pero si crees en tu historia, en el conflicto de fondo, sobre todo en tus personajes y sus luchas internas, se puede y se debe sacar ese espíritu socarrón que todos llevamos dentro; un poco de humor, un poco de amor, y otro poco de mala hostia, y no pensar tanto en el qué dirán o en el instagram.

En el escenario político español encontramos con frecuencia la acusación al PSOE de «pactar con ETA» o que han pasado de portar féretros a pactar con sus asesinos. ¿En Euskadi alguien cuestiona lo contrario, que la izquierda abertzale esté pactando con el partido que gobernaba cuando se crearon los GAL?
Ese último escenario, el de Euskadi, al menos nadie lo plantea abiertamente. Me refiero a partidos, periodistas u organizaciones diversas. Quizás la clave de todo sea que las personas que ostentan ahora las responsabilidades en algunas organizaciones políticas son otras y no miran hacia atrás con nostalgia, que, aunque no haya que olvidar lo sucedido, es imposible, ni tampoco debe hacerse; toca mirar hacia el futuro de otra manera.
Afortunadamente, en estos cuarenta años desde los acontecimientos que narra en Patria, la buena, las cosas han cambiado mucho. ¿Cómo se explica la perseverancia de algunos líderes políticos —Ayuso en particular— en mantener vivo el fantasma de ETA?
Es que ETA es el comodín infinito para lo que sea. Les quitas ese comodín y les queda, además de rezar, la inmigración, que es como ETA, y los logros deportivos de España. Yo entiendo que la ceguera fascista es jodida, y si grabáramos una conversación privada de Ayuso y sus colaboradores, dirían algo así como «A ver, un buen pellizco de nuestros votantes son imbéciles, ¿no? ETA no existe y tampoco se la espera, pero tenemos que sacar el tema porque tarde o temprano sus presos cumplirán las condenas que establece la Ley, y llegado ese momento tendremos que socializar el dolor y hacer ver a la gente que se trata, o de ETA o de España». Y si no lo dicen, lo creen de verdad… entonces, miedo. Ahora recuerdo que, con el fin de ETA, a la familia de Mayor Oreja se le acabó el chollo ya que eran los máximos accionistas de una importante empresa de seguridad privada que entre otras cuestiones se dedicaban a contratar escoltas para políticos y cargos públicos en el País Vasco.
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