Por Linda D’Ambrosio |
En El final del silencio (Ediciones Azimut), la escritora Esther Bendahan rescata la voz de Violeta Friedmann, superviviente de Auschwitz y protagonista de uno de los procesos judiciales más significativos contra el negacionismo en España. A través de una obra que transita entre el teatro y la narrativa, Bendahan propone un ejercicio de memoria viva: una actriz se prepara para encarnar a Friedmann y, en ese gesto, revive no solo su historia, sino también su lucha por la dignidad y la verdad frente al silencio.
Presentado en el marco de Yom HaShoah, el libro no solo reconstruye un episodio clave —el enfrentamiento judicial con Léon Degrelle—, sino que interpela al presente: ¿cómo se transmite la memoria? ¿qué papel tiene la palabra frente al olvido? ¿y qué significa hoy alzar la voz?
Sobre estos y otros asuntos, conversamos con Esther Bendahan.

¿Qué le llevó a escribir sobre Violeta Friedmann en este momento?
¿Qué conexión personal o intelectual sintió con su historia?
Estamos viviendo momentos muy convulsos, polarizados, en los que todo se manifiesta de una forma extrema y no hay un pensamiento que pueda, de algun modo, admitir matices. La Shoah se ha banalizado: se omiten conceptos y nociones básicas. Los símbolos se usan de manera indiscriminada, obviando la singularidad de ese crimen. Creo que lo necesario e importante ahora, a pesar de todo, es mantener viva la voz de los de los testigos.
Violeta, superviviente de Auschwitz, vivió en España.
También un asesino nazi, como Léon Degrell, vivió en España.
Esa paradoja la utilizo para hablar de nuestra historia contemporánea: una España en la que convivieron verdugos y víctimas. Pero León Degrelle decidió hablar, no quedarse en silencio. Negó el Holocausto y lo hizo sin ningún pudor. Frente a eso Violeta, que había callado, que había vivido en Canadá y en Venezuela, pero que ya vivía en España, y cuya hija vivía en España, decidió también romper el silencio. Porque en el caso de Violeta era un silencio íntimo. Decidió hablar junto con el Bene Berith, una organización internacional. Apoyada por los abogados Jorge Trías y Alberto Benasuly, emprendieron un procedimiento judicial para que en España sea penado el delito de odio.
Yo era muy joven cuando se inició el juicio a León Degrelle. Recuerdo haber ido con mi padre. Conocí a Violeta, tuve la ocasión de entrevistarla varias veces, hablé mucho con ella. Conozco a su hija Patricia que creó la Fundación Violeta Friedmann para continuar su labor. Mi padre estaba en la organización que ayudó al juicio Bene Berith junto a Max Mazim. Mi padre, además, fue agredido por unos neonazis en el juzgado. Por mi propia experiencia de haber entrevistado a Violeta para el programa Shalom, decidí que podía desarrollar un monólogo basado en su vida.
La figura de la actriz que se prepara para encarnar a Friedmann ocupa un lugar central en la obra. ¿Qué simboliza este desdoblamiento entre intérprete y personaje? ¿Podríamos entenderlo como una reflexión sobre cómo la memoria se transmite, se reconstruye y, de algún modo, se encarna en cada generación?
Gracias por la pregunta, porque me parece muy pertinente. Efectivamente: cuando inicié la idea del monólogo, pensé que ver en escena a una actriz representando a Violeta, dándole vida, era difícil, complejo, un atrevimiento que quizá podría pervertir su propia memoria. Quizá quien la representara conectaría o no con el público, y eso afectaría a su historia. Por eso incorporé esta reflexión sobre la representación y sobre cómo la ficción podría dar un testimonio verdadero. Por eso en la obra trata de una actriz delante de un público, pero es un público que aún no ha ido a la representación, sino que está participando del ensayo previo. De alguna manera, la actriz está en el casting, aún no ha sido elegida, y son el director y un grupo de personas los que van a decidir si puede o no hacer ese papel. Eso desarrolla esa idea de la representación. Además, la actriz se llama Victoria. Me baso en experiencias de Victoria Vera, que fue quien me ayudó en la presentación. Ya ella me había aconsejado, y había participado en la presentación de otro libro. Pensé que ella, como actriz, me podría ayudar a pensar bien en cómo desarrollarlo, así que cogí ideas de su vida. Ella es una actriz fundamental en la transición española, que ha tenido su imagen muy pegada a determinados hitos, y me parece una actriz muy inteligente, muy preparada intelectualmente. Entonces pensé que, a través de su propia experiencia, como la de haber representado a Ana Frank cuando aún era casi una niña, me podía ayudar a elaborar ese personaje de la actriz.
El final del silencio transita entre lo teatral y lo narrativo, creando un espacio literario muy singular. ¿Qué le llevó a elegir esta forma híbrida para contar la historia de Violeta Friedmann?¿Considera que el lenguaje escénico permite una conexión más íntima, más directa o incluso más emocional con la memoria histórica?
Sí considero que el lenguaje escénico permitía, en este caso, acercarse al público y, como se dice al final de la obra, convertirlos no en espectadores, sino en testigos.
Uno de los objetivos de los encuentros con supervivientes que dan su testimonio, es conseguir que los que les escuchen —al menos alguno— puedan ponerse en su lugar, que se conviertan en testigos del superviviente. Lo que yo pretendía, precisamente, era ese juego en el que el espectador no está sintiendo que está ante una obra y ya, sino que de alguna forma hiciera suya esta historia, y a la vez pudiera también transmitirla. Es decir: que haya una transformación del espectador en testigo y que se enriquezca así frente a la situación que está viviendo. Porque, además habla de la actualidad, de la resilencia y de España.

La presentación del libro coincidió con Yom HaShoah. También aniversario del nacimiento de Violeta Friedmann ¿Qué significado tiene para usted vincular la obra a esta fecha?
La verdad es que forma parte también de esa no casualidad casual que parece que une a todos los elementos para hacer que las cosas adquieran significado y sentido, en la forma de la que habla Victor Frankl de sentido. Dejé que el libro viviera un tiempo y decidí que se podía presentar en esa fecha. Ya más o menos habíamos escogido un día, pero la propia Victoria me pidió que lo cambiáramos, porque para los actores hay días que son mejores que otros y prefería hacerlo un miércoles. Y cuando decidimos que se presentaba ese miércoles, coincidió que era el cumpleaños de Violeta. Lo interesante es que, como sabes, las fechas judías no siempre coinciden en los calendarios occidentales, o sea, que aunque más o menos siempre fluctúan en las mismas épocas, nunca coinciden exactamente, porque el calendario judío es lunar. Y en este año Yom Hashoa coincidía con el cumpleaños de Violeta.
Abordar literariamente el negacionismo del Holocausto supone adentrarse en un terreno especialmente complejo y delicado. ¿Cómo se enfrenta una escritora a esa tarea sin caer ni en la simplificación ni en la distancia emocional? ¿Qué dificultades —narrativas, éticas o personales— encontró al dar forma a ese aspecto de la historia?
La negación del Holocausto se ha tratado ya en varias películas, como Negación (Denial, 2016), basada en hechos reales. Narra la batalla legal de la historiadora Deborah Lipstadt contra David Irving, negacionista. En este caso es también casi una trama judicial. Es curioso como quienes niegan la Shoah (prefiero decir Shoah a holocausto) de alguna forma quieren repetirla. Yo recuerdo que de estudiante varios jóvenes con cruces gamadas en su solapa me invitaron a una mesa redonda para discutir si el holocausto era real o no. Es decir: desde joven me había enfrentado a los negacionistas que alardeaban (además con cruces gamadas) de pertenecer a grupos neonazis. Yo les respondí que sus símbolos representaban la muerte, mientras que, en el mío, que llevaba yo en una cadena en el cuello, «hay» unas letras en hebreo que representaban la vida, y que era imposible estar en una misma mesa. Eran estudiantes de Derecho y… bueno, no hubo más problemas. Aceptaron perfectamente mi comentario. Pero eso me ha hecho sensible siempre a este tema.
La dificultad del libro estaba en entender bien toda la trama legal, todos los cambios. La lucha desde el campo del derecho ha sido la mayor dificultad para redactar el libro y hacerlo comprensible de forma divulgativa. De hecho, siempre digo que mis libros saben más que yo, porque en el momento de la escritura investigo, tengo anotaciones, tengo documentos, y una vez que el libro sale, el libro tiene su propia vida, su propio descubrimiento, y a mí personalmente, a veces, me cuesta poder explicar todo lo que el libro cuenta.
En un contexto actual donde resurgen discursos de odio, ¿cree que la historia de Friedmann sigue siendo una advertencia vigente?
Yo creo que hay una fractura entre un tiempo y otro. Mientras que muchos judíos sí nos sentimos cercanos a esa trágica experiencia, porque hay familiares cercanas que la sufrieron, porque tenemos vínculos con los testigos, con los supervivientes, porque sabemos en qué lado hubiéramos estado en ese periodo de la historia, por otra parte otros, aunque lo vean con horror, parecen verlo como si se tratara de algo ajeno.
Las sociedades se han alejado de la propia responsabilidad. Como si ese pasado estuviera concluido y no se fuera capaz de detectar en la actualidad los mismos indicios de perigeo que en el pasado (…) No hay un discurso conciliador que busque de alguna forma el entendimiento.

El título, El final del silencio, es muy potente. ¿Qué significa ese «final»? ¿Es individual, colectivo o histórico?
El título tiene que ver con el final del silencio personal de Violeta. Ella decide hablar a raíz de unas entrevistas a León Degrelle, quien defendía en la revista Tiempo que no habían existido campos de exterminio. Entonces, decide romper su silencio. Pero, por otro lado, también es una llamada al final del silencio nuestro: a no darle la espalda a la realidad, a la historia. Alertar a quienes piensan que eso sucedió, pero que lo que está pasando ahora no tiene nada que ver con el pasado, y que son capaces de repetir consignas que, sospechosa y dramáticamente, tiene mucho que ver con ese pasado.
Violeta Friedmann tardó años en obtener justicia. ¿Qué nos dice su historia sobre la persistencia frente a la injusticia?
Es importante. Su lucha le dio sentido a su vida. Ella estaba enferma, tenía problemas como consecuencia de Auschwitz. Víctor Frankl habla del sentido de la vida, Violeta encontró el suyo. Creo que ante el vacío existencial es importante encontrar esos deseos que nos hagan formar parte de la actualidad, de vivir, de crear, de estar presentes para que la realidad pueda llenarse también de acciones pequeñas y concretas. A nosotros (a mí, personalmente) la lucha de Violeta nos dice mucho acerca del valor de la constancia y de cómo las grandes transformaciones empiezan por deseos individuales, o acciones de grupos, incluso grupos pequeños que, ante la idea de que no podemos hacer nada o de que todo está hecho, pueden enfrentarse a ese determinismo trágico y aportar algo a su entorno.
¿Qué papel cree que tienen hoy la literatura y el arte en la lucha contra el antisemitismo?
Como dice Mihail Sebastian, la escritura es un acto de presencia. En mi obra yo no busco hacer discursos políticos, ni quiero educar. Simplemente hablo de lo que me preocupa y construyo desde la experiencia. Me impulsa dar presencia.
¿Qué espera que sientan o se lleven los lectores al terminar el libro?
A mí me gustaría que la obra fuera representada y que el espectador, como es la propuesta que se hace, se convierta en testigo. Sé que actualmente atravesamos es un momento muy complicado y que puede ser que no conecte con el momento de crítica generalizada en torno al mundo judío. En algunos países, determinados sectores han intentado minimizar o eliminar de los planes de estudio la educación sobre el Holocausto. Por eso creo que sería importante darle espacio a esta obra.
Si Violeta Friedmann pudiera leer esta obra, ¿qué cree que pensaría de esta reconstrucción de su voz?
Yo creo que estaría contenta porque, en realidad, a pesar de que de alguna forma se trabaja con la ficción, yo recojo lo que ya escribió en su biografía, que está disponible para todos. De manera que es contar, con voz y en un escenario, lo que ya ella contó en un libro. Así que si creo que estaría contenta. Ella era una mujer con mucho carácter. Incluso la veo dirigiendo la obra, si no actuando ella misma. Yo me imagino un escenario vacío. Únicamente en una zona lateral, veo humo blanco continuo.
La actriz hablaría al público directamente. Y cuando diera voz a Violeta lo haría alternando silla de ruedas con una postura erguida y de pie, quitándose la bomba de oxígeno.
La historia de Violeta Friedmann, tal como la reimagina Esther Bendahan, no pertenece únicamente al pasado: es una advertencia y, al mismo tiempo, una forma de resistencia. El final del silencio convierte la memoria en un acto vivo, en una voz que se niega a apagarse incluso décadas después.
En tiempos en los que el ruido puede diluir la verdad y el olvido acecha, la literatura —como sugiere esta obra— sigue siendo un espacio desde el que nombrar, recordar y, sobre todo, hacer justicia. Porque, como demuestra Friedmann, el silencio nunca es el final cuando alguien decide romperlo.
[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].