Beatriz Torregrosa Campos: «El dolor no entiende de calendarios, ni la memoria sigue un orden lógico»

Beatriz Torregrosa Campos, autora de «Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré»

Por Andrea Argüelles

La muerte irrumpió en la vida de Beatriz Torregrosa Campos. Primero fue el hijo; después, la madre; y en medio de ese territorio arrasado, escribió. Agarró el dolor y lo transformó en palabras; viajó a lo más hondo de sí misma, escarbó en los pliegues del duelo, donde habitan la culpa, la rabia, la tristeza y los volcó en la «página en blanco».

Pero esta vez no lo hizo para reconstruir los claroscuros de la Barcelona negra ni para dar vida a las historias sórdidas que acostumbra a firmar bajo el seudónimo de Ariadna Tuxell. No. En esta ocasión ha decidido despojarse de cualquier máscara. Se presenta como Beatriz, sin artificios. Quizá porque para narrar la muerte —la del hijo, la de la madre— no sirven los disfraces ni los heterónimos. Quizá porque el dolor exige identidad y verdad, un ejercicio radical de honestidad en el que la escritura deja de ser oficio para convertirse en salvavidas.

Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré, su libro más reciente, nace de abrir el corazón de alguien que atravesó la enfermedad, el duelo, la maternidad, la pérdida y ahora quiere dar testimonio de que incluso tras las experiencias más desgarradoras, puede nacer un amor que transforma, que sana, que perdura.

El título lo tuvo claro antes que el primer párrafo. «Fue como una revelación, una certeza que se instaló en mi pecho: Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré. Así amamos a quienes ya no están. Es un amor que no caduca, no se archiva, no se olvida. Ese «siempre» es un puente invisible entre mundos, una promesa que la muerte no puede romper. Encierra toda la esencia del libro: una forma de amar que trasciende el tiempo y el espacio, que no necesita cuerpo para seguir existiendo».

El relato se mueve entre la maternidad, la enfermedad, la pérdida y la espiritualidad sin compartimentos estancos. ¿Cómo encontraste el ritmo para que esas capas convivieran sin romper la narración?

Fue como armar un puzle sin esquinas. No me propuse separar emociones o experiencias, porque en la vida real tampoco lo hacemos. Maternidad, duelo, amor, pérdida, aprendizaje… todo llega entrelazado. Dejé que el corazón guiara el ritmo, como si cada parte supiera en qué momento debía salir a la luz. No hay compartimentos porque así es como lo viví: con todo mezclado, intenso, brutal y sagrado al mismo tiempo.

En el libro no hay una cronología estricta, sino una especie de tiempo emocional. ¿Te resultó natural de escribir desde la experiencia?

Completamente natural. No podría haberlo escrito de otra manera. El dolor no entiende de calendarios, ni la memoria sigue un orden lógico. Lo que viví me llegaba en oleadas: un recuerdo, una sensación, un aprendizaje… y cada uno traía consigo emociones que no respetaban ningún orden. Escribir desde el tiempo emocional era lo único honesto, lo único real. Quise que el lector no «leyera» el duelo, sino que lo habitara conmigo.

El vínculo con tu hijo y con tu madre aparece como algo que no se interrumpe con la muerte. ¿Cómo trabajaste esa continuidad sin negar la ausencia?

Esa fue la gran clave: no negar la ausencia, pero no permitir que lo ausente anulara lo presente. Ellos ya no están en forma física, pero me acompañan de otras maneras. En mis pensamientos, en señales, en el silencio, en el amor. Quise narrar esa continuidad desde lo espiritual, desde la certeza de que el vínculo permanece, aunque cambie de forma. La muerte no cortó el hilo: solo lo hizo invisible.

Hablas de espiritualidad desde lo vivido, no desde lo doctrinal. ¿Te preocupaba cómo iba a ser recibido ese aspecto del libro?

En parte sí, porque la espiritualidad sigue siendo un terreno delicado, malinterpretado a veces. Pero decidí no escribir desde el miedo a ser juzgada. Lo que cuento es mi verdad, lo que yo viví, lo que me sostuvo cuando nada más lo hacía. No es un discurso espiritual, es una experiencia encarnada. Y la respuesta de los lectores me ha demostrado que, cuando se habla desde el alma, hay una conexión que va más allá de las etiquetas.

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿El texto nació de una escritura sostenida o de fragmentos que fuiste reuniendo con el tiempo?

Fue por oleadas. Algunos días escribía sin parar, como si las palabras me urgieran a salir. Otros días solo podía llorar o quedarme en silencio. No fue lineal, ni planeado, ni metódico. Fue profundamente humano. Iba reuniendo trozos, emociones, fragmentos que parecían aislados pero que luego se hilaban con una lógica emocional profunda. Cuando los junté, el libro se reveló como un todo.

¿Hubo pasajes que te resultaron especialmente difíciles de escribir, no por el dolor, sino por encontrar las palabras justas?

Sí, especialmente los momentos más sutiles: esos instantes en los que una mirada dice más que una frase, o cuando el alma siente algo que el lenguaje apenas alcanza. A veces lo difícil no es narrar el dolor desgarrado, sino ese temblor íntimo que queda después. Encontrar palabras que no traicionaran esa verdad, que fueran fieles sin edulcorar, fue un reto constante.

Este no es un libro de ficción, pero tampoco un diario íntimo sin mediación. ¿Cómo decidiste qué contar y qué dejar fuera?

Fue un ejercicio de respeto: hacia mí, hacia los que ya no están y hacia el lector. Hay cosas que escribí solo para mí, que no llegaron al libro porque no aportaban a la sanación común. Lo que decidí incluir fue todo aquello que pudiera tocar, consolar o acompañar a alguien más. Lo íntimo no está en exponerlo todo, sino en saber qué parte de tu verdad puede convertirse en espejo para otro.

Desde su publicación, ¿ha cambiado tu relación con la historia que cuentas o con las personas a las que se dirige el libro?

Sí, mucho. Publicarlo fue soltar. Fue entregarle mi historia al mundo y permitir que otros la hicieran suya. He recibido mensajes que me han emocionado hasta las lágrimas. Personas que me cuentan su propio duelo, que agradecen haber sentido menos soledad gracias a este libro. Eso ha transformado mi relación con la pérdida: ya no es solo mía, ahora forma parte de una red silenciosa de corazones que sanan juntos.

Hoy, cuando miras Te quise, te quiero y SIEMPRE te querré como objeto ya terminado, ¿qué lugar ocupa en tu vida?

Es mi libro más sagrado. No porque sea perfecto, sino porque es verdad. Porque lo escribí con el alma desnuda y el corazón en carne viva. Es un legado para mi hijo y para mi madre, una forma de decirles que no han sido en vano. Es también un faro para otros que están atravesando la noche. Escribirlo me cambió, compartirlo me ha hecho más fuerte. Y cada vez que alguien lo lee, el amor que lo originó vuelve a latir.


[Caracol de Tinta es un espacio de escritura pausada y reflexiva donde ofrecemos una mirada profunda sobre las obras, reseñas y entrevistas con personalidad. Exploramos la cultura con curiosidad y sin atajos, convencidos de que lo importante no es la velocidad, sino la huella que dejamos en el proceso].