José Vila del Castillo: «No ofrezco una posición moral cerrada, sino un conjunto de hechos que exigen ser pensados»

José Vila del Castillo, autor de «Polifónica».

Por María Laura Padrón

Un árbol familiar que hunde sus raíces en el infierno; un bosque de humanidad talado en beneficio de los más despiadados. Polifónica, la nueva novela de José Vila del Castillo, nace de una situación concreta y punzante: un hijo que intenta descifrar la identidad de su padre a través de documentos, silencios y contradicciones. El objetivo no es la absolución ni la condena, sino el conocimiento.

El autor propone un viaje por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, escenarios de un mercadeo cultural sistemático mientras la humanidad se desangraba por millones. El proceso seguía un patrón aterrador: el exterminio físico: se llevaban a las personas de sus casas y el exterminio de la memoria: una vez vacías, el botín eran los libros.

No bastaba con eliminar al individuo; era necesario borrar la historia, la poesía y la belleza. Erradicar el rastro de la memoria colectiva guardada en sinagogas, bibliotecas y dormitorios. En este engranaje de sombras participaron Manuel Arcos, don Horacio, las redes de contrabando españolas y los intereses nazis, todos bajo el manto protector de la España franquista. Y también, su padre, así se establece un conflicto emocional: la relación paterno filial.

Quienes se acerquen a esta novela encontrarán una narrativa que no solo busca el dato histórico, sino que explora la anatomía del expolio y la herencia del trauma. El libro cruza distintos tiempos y planos. La forma de contarlo apareció cuando entendió que una estructura lineal imponía una interpretación previa. Al fragmentar el relato y cruzar tiempos, el libro evita dictar una lectura única y obliga a que los hechos se presenten tal como aparecen en una investigación: incompletos, a veces contradictorios, y siempre sujetos a verificación.

¿Qué lugar ocupa la memoria —personal o colectiva— dentro de la novela?

La memoria es tratada con desconfianza. No como verdad, sino como material que debe contrastarse. La memoria personal se equivoca, la colectiva se edita, y ambas tienden a justificar. Por eso el libro no se apoya en recuerdos “sentidos”, sino en hechos comprobables y en los huecos que esos hechos dejan.

¿Cómo se relacionó con el material histórico mientras escribía: como punto de partida, como apoyo o como resistencia?

Como una norma de trabajo. El escritor no debe tomar partido: su única lealtad es la certeza probada de los hechos. Cada dato histórico, cada lugar y cada fecha actuaban como un límite. Cuando algo no podía verificarse, el texto lo mostraba como duda, no como afirmación.

¿Qué tipo de lectura le interesa que haga quien se acerque por primera vez al libro?

Una lectura atenta y crítica. No busco la adhesión emocional del lector, sino su vigilancia. Que lea preguntándose qué está documentado, qué es inferencia y qué permanece sin resolver. El libro no ofrece una posición moral cerrada, sino un conjunto de hechos que exigen ser pensados.

¿Cómo fue el proceso de escritura: continuo, fragmentado, largo, interrumpido?

Fue largo y fragmentado, en buena parte porque la escritura avanzaba al ritmo de la comprobación. Muchas páginas se reescribieron o se eliminaron cuando los datos no resistían la verificación o cuando el texto empezaba a “opinar” en lugar de mostrar.

¿Hubo algo que le costó especialmente escribir o decidir mientras trabajaba en la novela?

Sí: resistir la tentación de juzgar. Especialmente en las escenas de violencia o de colaboración con el poder. Decidir no subrayar, no explicar y no absolver fue una de las decisiones más exigentes del libro.

¿En qué momento sintió que el libro estaba terminado?

Cuando entendí que el texto ya no añadía interpretaciones, sino únicamente hechos y consecuencias. En el momento en que cualquier ampliación suponía tomar partido, supe que el libro debía cerrarse.

¿Qué diálogo le gustaría que Polifónica estableciera con el presente?

Que recuerde que el pasado no se corrige con relatos morales o por decreto, sino con precisión y rigor. Que invite a revisar las historias heredadas no para reemplazarlas por otras más cómodas, sino para contrastarlas con los hechos, incluso cuando resultan incómodos para todos.

Después de escribir este libro, ¿hay algo que haya cambiado en su forma de mirar la historia o la escritura?

Se ha reforzado una convicción: la literatura y la historia solo son honestas cuando renuncian a tomar partido. Cuando aceptan que su función no es cerrar debates ni dictar sentencias, sino exponer con rigor aquello que ocurrió y dejar que las consecuencias hablen por sí mismas.


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