Por Damián Patón
Me llamo Damián Patón y, probablemente, el nombre no les diga nada. A mí sí, por descontado, pues soy el legítimo propietario de tal denominación. Quizás a algunos les sugiera algo si añado que soy el autor de Soberbios y melancólicos, obra editada por Huso Editorial.
La novela despliega un microcosmos de personajes cuyo anhelo fundamental es la «comunicación»: esa sublime salvación frente a la melancolía destructiva que ellos mismos nutren y de la que se alimentan mientras señalan las carencias de la sociedad. Hay una soledad que camina junto a ellos como un ángel de la guarda, pues, al final, el anhelo siempre es el mismo: eludir el aislamiento y la exclusión. No pretendo enunciar nada nuevo ni brillante.
Para quien escribe, uno de los personajes más entrañables es Fredo, el joven autista con discapacidad intelectual. Fredo es la personificación de cómo el mundo —nosotros mismos— se recluye en su propia burbuja. Él ansía comunicarse dentro de sus limitadas posibilidades, pero la sociedad, inmersa en su cápsula egocéntrica, no muestra interés por seres de su condición. Por otro lado, Chema Puentes, el pintor, representa al niño herido que sobrevive de forma perenne a los abusos sexuales infligidos en la infancia por sus progenitores. Gaspar es el exalcoholizado que, tras haberlo perdido todo, emprende un postrer recorrido para recuperar el afecto familiar y la redención a través del pensamiento mágico, encarnado en este caso por la divinidad. Diego Rodríguez sobrevive a los dos atentados terroristas más atroces de la historia reciente de España: el 11 de marzo de 2004 y el 17 de agosto de 2017, si no me falla la memoria. En ambos pierde a sus seres queridos; su existencia es un ciclo de destrucción y reconstrucción. Finalmente, hallamos al hilo conductor, Elías, el escritor «en la sombra».
Novelas como Soberbios y melancólicos sobrevivirán a la inteligencia artificial y al maniqueísmo, cada vez más falaz, de los productos editoriales contemporáneos. ¿Por qué? Porque estas páginas hablan de seres humanos, de nuestras profundidades, y no de sucedáneos de telefilme o de manidos clichés. El arte de narrar historias mediante la palabra —ya sea escrita u oral— no desaparecerá, aunque deba transformarse. Son fábulas que heredamos desde la niñez, como los traumas y la pujanza de nuestras facultades; legados de padres, abuelos y de toda una estirpe.
Hace apenas un tiempo, ciertos expertos en ingeniería informática me advertían de la inminente desaparición de los escritores, pues la inteligencia artificial redactaría las historias por nosotros. No me extenderé en analizar tal tesitura —ejercicio prolijo para el que no me he preparado—, aunque es posible que parte de esa predicción se cumpla. No obstante, la diferencia radica en que la historia relatada por un ser humano, como una pieza de alfarería artesanal, posee una pureza y un aura irrepetibles. Es una creación íntima, espiritual y única, imbuida de la carga emotiva de quien la crea y nutrida por su entorno. La IA, por el contrario, se limita a rastrear materiales, tópicos y recursos en la red para construir un modelo de consumo. Nos ofrecerá, simplemente, aquello que deseamos digerir. Pese a lo manido del argumento, es una realidad incuestionable: nada librará a las vivencias de Gaspar, Fredo, Diego Rodríguez o del último escritor real, Elías, de la poderosa maquinaria digital.
El corazón seguirá latiendo en los grupos de lectores ocultos en las cavernas o en refugios secretos, como los personajes de Ray Bradbury en Fahrenheit 451. Ninguna inteligencia artificial, por mucha riqueza que usurpe del material ajeno, poseerá jamás el alma de Moby Dick, el Quijote, Raskólnikov o Iván Ilich. Podrá generar versos, pero carecerán de espíritu. Si bien es cierto que la tecnología no posee la melancolía ni el hálito estremecedor de Soberbios y melancólicos —ruego me disculpen, no es engreimiento—, sí es capaz de ofrecernos normas ortotipográficas y semánticas, o de instruirnos sobre el lenguaje según los preceptos de la Real Academia Española.
Es probable que la industria editorial —tan deteriorada como la educación en este país— se auxilie fabricando novelas en serie que imiten a autores comerciales de éxito. Pero nunca alcanzarán su esencia. Quizás inventen colecciones de historias detectivescas o romances pueriles, prescindiendo de los «escritores por encargo» o «negros literarios» de los que tanto abusan las grandes figuras de las letras actuales. Por ello, los escritores que permanecemos bajo el límite del cielo, respirando el aire de la vida, aquellos que no vivimos de la venta de nuestros libros, pero sí vivimos en ellos, podremos compartir nuestras historias en las futuras tribus de lectores no elitistas, en salas discretas o en entornos familiares.
Historias que se heredarán de generación en generación, con o sin melancolía, en todo el planeta. Relatos frente a la hoguera, sin intermediarios. Esa magia antigua que el primer ser humano reveló y que, desde la noche de los tiempos, nos permite contarnos quiénes somos. Magia. Por esa razón, medios como la radio permanecen vigentes. La melancolía es el balbuceo de quien carece de interlocutor para sus cuitas; de aquel que necesita relatos para comprender que los abusos, los traumas, la risa de un niño o la ternura de un joven autista son realidades compartidas. El escritor desilusionado, no por la ausencia de fama, sino por la maquinaria que le impide llegar a más lectores, las víctimas del terrorismo y tantos otros, verán en Soberbios y melancólicos algo distinto: no un producto insípido de marketing o de galardones concertados, sino una novela de amor escrita con sangre.
Soberbios y melancólicos ha iniciado su camino.

Damián Patón Fernández (1963). Nacido en Badalona. Vive en Barcelona desde hace mas de tres décadas. Tras desempeñar diversos oficios, ha consolidado una carrera literaria que abarca la poesía, Crucifixión del alba (1992) y Poemas del delirio ausente (2024); el ensayo, Tal como sale (2013), de corte biográfico) y la narrativa La tríada del escorpión (2024) y su más reciente novela, Soberbios y melancólicos (2025).
Título: Soberbios y melancólicos
Autor: Damián Patón
Editorial: Huso
Año de publicación: 2025
Páginas: 148
ISBN: 978-84-128920-6-2
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