Por Annie Van Der Dys
La primera sorpresa al conversar con Mariana Orantes nos la da su rostro: no se parece a la mujer de rasgos y mirada dura que posa con un gato en la imagen en blanco y negro con la que se identifica a la autora en la solapa del libro: la cara con la que nos topamos, al otro lado de la pantalla del ordenador, nos sorprende por su juventud y por una claridad de mirada que la aleja de la dureza de la foto. La información debajo de la imagen sigue sorprendiéndonos: esta ambiciosa escritora nació en la Ciudad de México en 1986, además es poeta y artista, y se desgranan los seis libros que ha publicado, algunos de ellos de títulos rompedores: La pulga de Satán, Visita guiada al mundo de los muertos, Todo está lleno de dioses. Libros que, en su mayoría, fueron escritos, gracias a becas recibidas en reconocimiento a sus innovadoras propuestas sobre el uso de la palabra en relación con otras disciplinas artísticas.
Sus textos están casi siempre vinculados con la investigación, el ensayo y la poesía. La conversación que sigue nos descubre a una mujer que se empeña con denuedo en hablar de sus obsesiones, sus traumas y sus miedos, con absoluto apego a la verdad, buscando siempre ir más allá de la denuncia, consciente de que callar es transigir y de que la voz que se levanta contra los femicidios responde no solo a la necesidad de denunciar, sino a la búsqueda de un discurso artístico, de una propuesta creadora siempre en construcción, por lo que cada uno de sus textos es un nuevo reto, un territorio a explorar.
Caer bajo tierra (Candaya) es una novela que cruza la poesía, el ensayo y la memoria. A través de varias voces femeninas atravesadas por la violencia, la escritora mexicana conecta mitologías, archivos, sueños y un videojuego con el que una de sus protagonistas, Julia, intenta encontrar a su amiga Cecilia. Hablamos con ella, de cómo un libro de ensayos terminó siendo novela, de la fragmentación como forma y de por qué mezcla datos reales con otros inventados.
De la beca al libro
Para cualquier lector este libro nos lleva a preguntarnos ¿quién es Mariana Orantes y por qué eligió esta estructura para armar una novela?
Este libro es el producto de dos becas muy diferentes: una en México, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y otra de la Real Academia de España en Roma. La primera me la dieron en 2020, en plena pandemia. Metí el proyecto como libro de ensayos, porque yo había escrito sobre todo ensayo literario y poesía; ese es mi fuerte, lo que más me gusta. Pero el libro tiene una raíz mucho más profunda.
Se remonta a 2019, cuando yo estaba en Barcelona y decidí que era momento de afrontar mis miedos y los temas difíciles. Siempre he trabajado con la violencia: me interesa reflexionar sobre ella y sobre su normalización. En 2018 había escrito un libro de ensayos sobre asesinos y asesinatos. Partía de lo más general, los medios de comunicación, ese encabezado de periódico que te hace sentir algo, y llegaba a lo más particular: mi historia de vida y los cuerpos, los asesinatos de niños a los que, por desgracia, he estado cerca.
Más tarde, un editor en México se quedó con ese último ensayo y lo convertimos en un libro ilustrado que parece infantil, pero no lo es. Ha causado confusión entre quienes lo compran pensando que es para niños. Ahí relato tres asesinatos de niños, y uno de ellos es el de mi mejor amiga, cuando teníamos nueve años. Fue mi primer ejercicio de volver a esa memoria y escribir algo coherente sobre un tema muy doloroso. Pero sentí que solo lo había tocado: le dedico un párrafo, dos páginas. Mis recuerdos y todo lo que he vivido desde entonces tienen que ver con cómo entiendo el duelo, la muerte, el cariño, las relaciones, incluso mi identidad. Necesitaba escribir más.
En diciembre de 2019 empecé a escribir y escribir, y terminé con un borrador de unas 50 páginas. Se lo di a Olga Martínez, la editora de Candaya, como una promesa de que iba a trabajar algo que pudiera publicarse allí. Publicar en Candaya era mi sueño.
¿Y qué pasó después?
Me regresé a México con la promesa de volver a Barcelona, pero llegó la pandemia, se cerraron los aeropuertos, todo. Con la beca de México escribí un borrador de unas ochenta páginas, pero no terminaba de cuadrar. Un compañero de la beca me sugirió centrarme más en los procesos de la investigación y del duelo, y ese comentario me dejó pensando mucho.
De Roma a la novela
¿Cómo se pasa del ensayo a la novela?
En 2022 me dieron la beca de la Academia de España en Roma. Yo seguía con la idea de un libro de ensayos, y escribí toda la parte romana, la del mundo de los muertos: fui a explorar el inframundo romano, las catacumbas, la simbología, a ver qué me encontraba. A partir de ahí tenía otro manuscrito, de unas 200 páginas, y se lo mandé a Eduardo Ruiz Sosa, el editor de Candaya, para que me diera su opinión.
Lo estuvimos revisando y no terminaba de quedar. Yo le decía: «Lo quiero más narrativo, más como crónica quizá, pero no sé cómo hacerlo». Fue él quien me propuso: «¿Por qué no escribes una novela?». Y yo: «¡Wow!». Siempre había querido hacerlo, pero me había quedado en los ensayos, en la poesía; el compromiso de una novela no lo había tomado.
Fue mucha experimentación. Todavía tengo el archivo de los manuscritos: son como quince versiones, porque cada vez cambiaba el formato. Al principio era una estructura circular; luego la separé; luego la hice cuadrada… Y, ya que preguntabas quién soy: no soy una persona muy académica, vengo de lleno de la Ciudad de México, soy una persona muy normal.

Una forma que se rompe
Esta no es una novela al uso. ¿Por qué no elegiste una narrativa más sencilla, de principio a fin? Se lee por capas: al principio no sabes qué estás leyendo, hay un videojuego, los muertos, y poco a poco todo se va armando.
Yo siento que lo lineal es lo más difícil de hacer bien: se necesita mucha capacidad narrativa para sostener esa exploración entera. Pero, además, yo no creo que uno escoja la forma. Puedes decir «voy a escribir una novela totalmente lineal», y cuando empiezas, la escritura toma su propia corriente y exige su propio camino. Hay quien navega con maestría una narrativa lineal, porque le sirve a lo que quiere contar y a cómo piensa. Yo pienso de manera muy desordenada: tengo una cabeza que se va por todos lados.
Lo fragmentario también tiene que ver con los episodios de violencia de mi vida. Han sido muchos, no solo uno: he visto mucha violencia en mi país, y eso deja secuelas. En las mías vi una fragmentación del pensamiento, de la manera en que vemos las cosas y navegamos por el mundo. Ahora, con las redes sociales, también hay una fragmentación y una búsqueda de respuestas en objetos que quizá no nos las van a dar.
El videojuego como sesión espiritista
«Eso es lo que hace Julia todo el tiempo: tratar de encontrar a Cecilia a través del videojuego, preguntándole como en una sesión espiritista. Hay una voz que le repite que eso no es real, que es solo un juego, y que si quiere seguir comunicándose tiene que comprar la versión de pago. Ella sabe que no habla con una persona, sino con respuestas automatizadas, y aun así encuentra algo que la lleva a otros lugares.
»Creo que es lo que hacemos ahora. Estamos tan desconectados de los demás que buscamos un asistente de inteligencia artificial que nos escuche cuando tenemos miedo, que nos diga que todo va a estar bien, que nos pregunte qué tal fue el día. Mucha gente se mete ahí para platicar con alguien, pero del otro lado no hay nadie, solo algoritmos. Esa fragmentación es mi manera de pensar y la que la escritura me exigía para avanzar en la historia».
Escribir para alguien
Cuando creas estructuras tan complejas, ¿piensas en el lector? ¿En quién te va a leer?
Me gusta mucho esa pregunta, y nadie me la había hecho. Las escritoras siempre parecemos muy metidas en nosotras mismas, como si escribiéramos para un grupo selecto. Yo tengo una lectora ideal: personas que no funcionan de manera lineal. Toda mi escritura es para contarle a alguien las cosas que he descubierto y que me maravillan, y para ir escondiéndole cosas entre las frases: unos las agarran, otros no, otros agarran otras. Es muy bonito ver cómo las lectoras van encontrando sus propias cosas.
Escribo sobre todo para las mujeres, para las minorías, pero no para darles voz, porque ellas ya tienen su voz. Escribo para divertirme y, sobre todo, para comunicarme con la persona que fui: esa niña que tenía mucho miedo en un mundo de violencia, que se espantó tanto con lo que pasó que dejó de confiar en los hombres y tuvo que atravesar todo un proceso terapéutico para volver a estar en el mundo.