Por Annie Van Der Dys
Detente bala es la más reciente novela de Robert Juan-Cantavella. Cualquier intento de adjetivarla es riesgoso. Si nos refiriéramos a la complejidad de la trama, podría suponer el lector que comprenderla requiere un enorme esfuerzo. Aludir a su bien cuidado lenguaje podría sugerir que es farragosa. La mención a las numerosas referencias literarias que contiene podría confundirse con un alarde de erudición. Pero no: en sus páginas coexisten las dosis justas de cada uno de estos ingredientes para hacer de la lectura una experiencia cautivante y amena. Y, sobre todo, Detente bala es una novela inteligente en cuanto a su estructura, deslumbrante por la manera de interconectar en sus entrañas unos clásicos con otros, sagaz al poner una serie de recursos al servicio de un propósito: la fuga de un manicomio.
Nos adentramos en el universo de esta obra, publicada por la Editorial Candaya. En esta conversación, el autor reflexiona sobre su proceso creativo, el peso de las influencias literarias y los juegos metaliterarios que nutren su narrativa. La entrevista no solo nos permite explorar los temas y obsesiones que atraviesan su obra, sino que también revela el tributo a autores como Alexandre Dumas y Nikolái Gógol, así como su íntima relación con la tradición literaria del siglo XIX.
El escritor admite cómo ciertos elementos aparecen de manera recurrente en el corpus de su obra. La reutilización de personajes y escenarios de novelas anteriores, como el protagonista, Franco Piatkun, o el Sanatorio Vulturó, son ejemplos claros de su interés por construir universos narrativos interconectados, utilizándolos como materia prima para construir su propio discurso narrativo.
Una de los rasgos más originales de Detente bala es la idea de que los personajes de las novelas son interpretados por «actores», al igual que en el cine o el teatro. Este concepto, que comenzó como un juego, se convirtió en el eje central de la trama.
Apasionado por su oficio, comprometido con la innovación literaria y profundamente respetuoso de los clásicos, Juan-Cantavella nos ofrece una mirada fascinante sobre los engranajes internos de su escritura.
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Este es su sexto libro. ¿Existe un hilo conductor, un común denominador que vincule esta obra con las anteriores?
Sí. No creo que se pueda hablar de un común denominador en todos mis libros, pero sí que hay algunas obsesiones que se repiten en ellos. Es algo que no siempre acabo de controlar: simplemente nos interesan las mismas cosas a lo largo del tiempo y siguen apareciendo a lo largo de varios libros.
También hay elementos que reaparecen de manera más consciente, y a través de los que planteo algún tipo de juego. En el caso de este libro, por ejemplo, el protagonista, Franco Piatkun, es un personaje secundario de una novela anterior mía que se titula Y el cielo era una bestia. Uno de los escenarios de esta novela, el Sanatorio Vulturó, también aparece en esa obra. Allí era un balneario para ir a tomar los aires y aquí es un manicomio, pero el espacio es el mismo, y algunos de los personajes que lo pueblan, también.
Por último, el juego metaliterario está presente en varios de mis libros. Concretamente la idea del plagio y del plagio anacrónico, como planteo aquí, ya estaba presente en mi libro de relatos Proust Fiction. Estos serían, creo, los elementos que soy capaz de identificar ahora mismo, pero puede que haya otros
Indaguemos en torno al proceso de escritura: ¿En qué contexto se escribió Detente bala? ¿Qué disparó la idea de escribir esta novela?
Escribí Detente bala lo a lo largo de seis, siete años, con lo cual no fue escrita en un solo contexto, sino en cientos de contextos. No te sabría decir: son muchos años y pasaron un montón de cosas durante ese tiempo.
Creo que lo que disparó la idea de la obra fue el jueguecito del actor de novela. Piatkun sostiene que, del mismo modo que en una película a un personaje lo interpreta un actor, en las novelas a los personajes también los interpreta un actor. Y a partir de esta idea, de esta especie de chiste, prácticamente fui urdiendo el resto de la novela. Creo que este fue el disparadero.
Por otra parte, yo cuando leo, de una forma inconsciente, me guste o no, voy encontrando en unas novelas cosas que ya he leído en otras, que es algo que supongo que nos pasa a todos. Pero yo he ido tomando notas a lo largo de muchos años, y esas notas fueron otro de los disparaderos, el magma a partir del cual la idea del actor de novela me permitió pensar una trama. Creo que es así… Algo así.
El sanatorio como escenario principal refuerza la idea de encierro físico y mental. ¿Hubo el propósito deliberado de disertar acerca de las nociones de libertad y confinamiento a través de este entorno y del protagonista?
No hay ninguna voluntad consciente, por mi parte, de reflexionar sobre las ideas de voluntad y confinamiento en esta obra. No que yo sepa. El escenario, como te decía antes, ya había aparecido en otra novela.
En aquella ocasión también comportaba una especie de encierro, pero era un encierro distinto, porque era un lugar del que el protagonista hubiera podido salir, si hubieran querido. No lograba salir de allí, no podía irse, por causa de fuerzas más sutiles. Quedaba atrapado en aquel espacio durante un tiempo. Lluego, sí lograba marcharse.
En Detente bala, no: en este caso está encerrado contra su voluntad, asunto que es fundamental en esta novela. Pero con eso no quería reflexionar sobre ningún tipo de idea abstracta, ni sobre la libertad, ni nada.
La idea de la evasión vincula de manera evidente a Edmond Dantès con Piatkun. ¿Hay alguna otra forma en la que El Conde de Montecristo esté relacionado con el contenido de su novela? ¿Alguna afinidad con Dumas?
En mi novela utilizo El Conde de Montecristo en el sentido que ya has detectado. No hay ningún otro sentido, ni ninguna otra voluntad. ¿Qué afinidad tengo yo con Dumas? Bueno, con Dumas tengo una relación de admiración servil, digamos. Me parece absolutamente desconcertante la forma que tiene de escribir. Me parece, no sé… que su prosa contiene algún tipo de droga que no te permite dejar de leerla, y es un autor al que admiro en ese sentido.
Escogí la historia porque me venía muy bien para los propósitos de mi novela, pero más allá del uso que hace de ella Franco Piatkun, que quiere plagiar la primera parte para escapar él también de allí, no hay ninguna otra relación.
Yo llegué a esta novela a través de mi hermana, mi hermana pequeña, que es mucho mejor lectora que yo. Recuerdo que cuando era muy pequeñita, no podía dejar de leerla ella tampoco. Mi padre le decía desde el pasillo que apagase la luz, y ella hacía como que apagaba la luz para dejar de leer, pero en realidad no lo hacía: se escondía debajo de la manta con una linterna y seguía leyendo.
Yo entonces no lo entendía muy bien tampoco, pero luego cuando la leí, sí que lo comprendí. Esa sería la relación que tiene esta novela con la mía.
¿Cuál fue el criterio que privó para seleccionar los autores a los cuales el protagonista dirige las cartas?
El criterio que seguí para escoger las novelas de las que hablo en mi novela — las novelas en las que Franco Piatkun dice que trabajó como actor de novela– no es un criterio único, no es sencillo de explicar. Te lo cuento un poco.
En primer lugar, ya te he dicho antes que la cuestión del juego metaliterario está presente en varios de mis libros. Es algo que tengo metido en la cabeza de alguna forma mientras voy leyendo, lo quiera o no lo quiera. Voy encontrando pasadizos entre unas novelas y otras. Encuentro cosas en una, que ya había leído en otras.
Eso es lo más normal del mundo, se le llama tradición literaria. El arte, la ciencia, funcionan de ese modo. Ya sé que no estoy descubriendo las Américas con eso. Simplemente me hace mucha gracia encontrar estos elementos que están en una obra y luego vuelven a aparecer en otras.
Ese es el punto de partida: cuando me planteé la escritura de Detente bala, empecé a hacer una nómina de las novelas que podrían servirme con este propósito. Siempre eran novelas en cuyo interior yo hallaba elementos que también había encontrado en otras, con lo cual, iba formando parejas, o iba formando grupos que luego me iban a servir para plantear la idea del plagio a la que se refiere Franco Piatkun. Llegado a cierto punto tenía una nómina de novelas que era absolutamente desproporcionada, y en cuyo interior estuve perdido un par de años, intentando encontrar la forma de ordenarlas, de decidir cuáles eran aquellas con las que me tenía que quedar y cuáles eran prescindibles. Durante mucho tiempo estuve sin lograrlo. Finalmente, fui consiguiendo salir del laberinto y encontrando varios criterios.
Uno de ellos era que me gustaran, pero no era el fundamental, ya que no se trataba de un canon personal. El fundamental era que los elementos que están presentes en unas y en otras me sirviesen, que los trucos que iba identificando en esta novela y también en aquella, me sirviesen para escribir la mía.
Ese fue uno de los primeros criterios con el que fui acotando, pero al tiempo que eliminaba algunas, entraban otras y la nómina seguía creciendo, seguía cambiando.
Al final, tras estar mucho tiempo sin saber exactamente qué criterio exacto adoptar, fueron emergiendo algunas líneas maestras. La mayoría de las novelas que aparecen en la mía, por ejemplo, están escritas en el siglo XIX. Cuando detecté ese rasgo común entre ellas, eliminé la mayor parte de las que no cumplían ese criterio. Hay alguna novela del siglo XVIII, hay alguna novela del siglo XX, pero casi todas son del siglo XIX. Ese fue un criterio.
Otro criterio fue que uno de los muchos traumas que tiene Franco Piatkun, es un problema que tiene con su madre, que generó en él un problema mayor: el no haber sabido nunca relacionarse con mujeres.
Eso le creó dificultades personales de diversa índole, pero también le creó problemas profesionales: a la hora de desarrollar su trabajo como actor de novela, nunca pudo trabajar a las órdenes de escritoras. Y eso, a su vez, genera otro trauma en él, que es que sus compañeros actores sí que tienen acceso a esos trabajos .
Con este rasgo del personaje en mente, también cayeron de la nómina inicial todas las novelas que estaban escritas por mujeres.
Básicamente, estos son los dos criterios más importantes. Luego, el siguiente que utilicé para seguir podando la nómina hasta quedarme con las obras que tengo, fue ver , de los trucos que había localizado en una u otra novela, cuáles eran los que me parecían más útiles para escribir la mía.
Usted ha dicho que esta obra constituye, de algún modo, un homenaje a Gógol. Lo vinculan a él las detalladas descripciones, su capacidad para retratar pormenorizadamente ciertas costumbres y estereotipos sociales. ¿De qué otra manera se siente vinculado a él? ¿Qué motiva este tributo?
¿Qué relación me une a Gógol? Vaya, esta pregunta es interesante. Además, por cómo fórmulas la pregunta, veo que lo has leído. La figura de Gógol es fundamental en la escritura de esta novela, pero me temo que la respuesta es muy poco interesante. No creo hacerle ningún homenaje: más bien me aprovecho de él.
Trabajé con las novelas de Gógol,porque me fascinan, porque estoy enamorado de los libros de Gógol. Me interesa mucho, digamos, no la novela humorística, pero sí la novela cuya prosa se apoya el humor como uno de los elementos fundamentales. Un humor irónico, sarcástico, grotesco como el de Gógol. Creo que es una especie de dios de este tipo de escritura. Y simplemente, pues es eso: que estoy fascinado con sus libros. Y sí: supe desde el principio que él estaría en el centro de la novela y que yo quería que la mía fuese una especie de carta de amor a Gógol y a sus libros, a pesar de que finalmente me salió una carta de amor escrita a través de diez cartas de odio.
Mi personaje odia profundamente a Gógol, pero bueno, yo lo amo. Y ya te decía que la respuesta es muy poco interesante porque simplemente es la admiración, la admiración profunda a sus libros.
Como escritor contemporáneo: ¿cómo define su relación con obras clásicas como El Conde de Montecristo? ¿Las ve como inspiración, como un desafío o incluso como un espacio para la reinvención?
Mi relación con las novelas clásicas, como tantísimas de las que aparecen en mi novela, pues es muy parecida a la que tengo con Gógol. Yo me siento muy cómodo en el siglo XIX. Hay allí un montón de novelas que me gustan. Y simplemente es eso: me gustan mucho y me lo paso muy bien leyéndolas.
Por supuesto, como dices, me sirven de fuente de inspiración. En ese sentido, por ejemplo, me parece que, no tanto El Conde de Montecristo, porque está escrito en francés (no sería eso tan directo) pero hay en el castellano, en el estilo del castellano, muchas cosas que nos hemos ido dejando por el camino hasta llegar a donde estamos ahora. Y ahora hay muchas novelas que se escriben con un lenguaje muy plano que es algo que tiene solución allí, en algunas novelas que hay allí.
Y eso me interesa mucho en cuanto al castellano… Clarín, por ejemplo. La regenta me parece una obra cumbre. En cuanto a todas las…esa no aparece en mi novela.
Pero a nivel de estilo y de lenguaje, el siglo XIX es una inspiración constante. Y las otras que sí que aparecen en mi novela, pues sí, hay eso que dices tú: hay inspiración, hallo en ellas inspiración, me lo paso bien leyéndolas. Y, como ves, en algunos casos las utilizo como materia prima para escribir las mías. Eso sería más o menos.
¿Qué te gustaría que los lectores se llevaran de «Detente bala»? ¿Hay algún mensaje o reflexión particular que quisieras que se quedara con ellos?
¿Qué me gustaría que los lectores se llevasen de Detente, Bala? Pues no estoy seguro. Bueno, no hay ningún mensaje. Lo que me gustaría es que la gente se lo pase bien leyéndola. No hay más.
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Nos comunicamos, cruzamos impresiones a distancia, a través de audios, y el contenido de sus mensajes es tan adictivo en su voz como en su pluma.
Me enredo en un discurso que se apodera de mi atención, del mismo modo que el de Dumas, del mismo modo que el de las maravillosas y pormenorizadas cartas de Piatkun.
La forma de articular la narración, el lenguaje, el vocabulario rico y preciso –ese que evoca el decir decimonónico—nos arrastra, nos envuelve y nos pide que sigamos adelante con la lectura (o con la escucha).
En Robert Juan-Cantavella pervive un profundo respeto por la tradición literaria y, en Detente bala, descubrimos a un autor que no teme experimentar, que se nutre de la herencia de los clásicos y que, sobre todo, escribe con el propósito de compartir el goce de una literatura que dialoga consigo misma.