Si Homero hubiera tenido inteligencia artificial, Ulises nunca habría llegado a Ítaca

Desde Colombia, el escritor Juan A. Fernández Torrado analiza la incursión de la inteligencia artificial en la validación del arte y sus consecuencias.
Fotograma de The Odyssey, de Christopher Nolan.

Internet pasó semanas discutiendo el reparto de La Odisea de Christopher Nolan. Que si Lupita Nyong’o no debería interpretar un personaje de la Grecia homérica. Que si inclusión. Que si fidelidad histórica. Pero mientras todos discutíamos quién podía interpretar a Homero, casi nadie pareció notar una pregunta mucho más inquietante: ¿y si dentro de unos años es una inteligencia artificial la que decide cuál interpretación de Homero es la correcta?

Por Juan A. Fernández Torrado

Hay algo profundamente irónico en la discusión que ha despertado La Odisea de Christopher Nolan. No porque la película haya dividido opiniones —eso ocurre con casi toda obra importante—, sino porque el debate parece haber olvidado de qué está hecho el arte.

Cuando Elon Musk criticó la película y respondió anunciando que Grok podría producir una versión “históricamente precisa” de La Odisea, la discusión dejó de girar alrededor de Nolan y comenzó a insinuar algo mucho más inquietante: la idea de que una inteligencia artificial podría convertirse en árbitro de la interpretación cultural.

Y esa sí es una conversación que merece nuestra atención.

Toda adaptación es, por definición, una traición. No existe una adaptación inocente. Adaptar no significa trasladar una historia de un formato a otro; significa leerla, discutirla, contradecirla y volver a escribirla desde otra época. Quien adapta una obra no la conserva: conversa con ella.

Por eso resulta extraño escuchar que una versión de La Odisea debería ser “correcta”. ¿Correcta respecto a qué? ¿Al poema atribuido a Homero? ¿A la tradición oral que lo precedió durante siglos? ¿A las múltiples traducciones que transformaron su lenguaje? ¿A la sensibilidad de la Grecia arcaica? ¿A la de un espectador del siglo XXI? 

La pregunta parte de una ilusión: creer que existe un original puro esperando ser protegido. Pero los clásicos nunca han sobrevivido gracias a la fidelidad; lo han hecho gracias a la desobediencia. Virgilio discutió con Homero. Dante dialogó con Virgilio. James Joyce convirtió el viaje de Odiseo en el recorrido cotidiano de un hombre por Dublín. Los hermanos Coen trasladaron su regreso a casa al sur de Estados Unidos. Cada generación ha escrito su propia Odisea, porque un clásico no es un fósil. Es una conversación que nunca termina.

Quizás por eso la mayor preocupación no sea únicamente que la inteligencia artificial escriba novelas, componga música o dirija películas. Todo eso puede tanto retar como nutrir el paisaje creativo. Las herramientas siempre han ampliado las posibilidades del arte. Lo que inquieta es otra cosa: que empecemos a utilizar la inteligencia artificial para determinar cuál interpretación merece existir y cuál no.

Hay una diferencia enorme entre preguntarle a una IA cómo era una armadura micénica y pedirle que decida qué versión de Homero es legítima. La primera pregunta busca conocimiento. La segunda busca autoridad. Y el arte nunca ha necesitado autoridades.

Paradójicamente, cuanto más precisa sea una inteligencia artificial reconstruyendo el pasado, mayor será la tentación de convertir esa reconstrucción en un canon. Dejaríamos de preguntarnos qué quiso decir un artista para empezar a preguntarnos qué autoriza una máquina. Sería un cambio silencioso, pero profundo. La inteligencia artificial dejaría de ser una herramienta de creación para convertirse en una especie de policía del pensamiento estético.

No solo censuraría obras, sería más sofisticada que eso. Las clasificaría como correctas o incorrectas. Fieles o infieles. Aceptables o desviadas. Y pocas cosas han sido tan perjudiciales para el arte como la obsesión por la fidelidad. Porque el arte nunca avanza obedeciendo. Avanza reinterpretando.

De hecho, sospecho que esa será una de las grandes discusiones culturales de las próximas décadas. No si la IA podrá crear una obra maestra, sino quién tendrá la autoridad para decir qué es una obra maestra cuando una máquina sea capaz de medir, comparar y verificar casi cualquier referencia cultural.

Ese día descubriremos que el verdadero riesgo nunca fue que la inteligencia artificial reemplazara a los artistas. El verdadero riesgo será que reemplace al disenso, que convierta la interpretación en validación, que el algoritmo deje de preguntarnos qué imaginamos y empiece a decirnos qué deberíamos imaginar.

Quizás por eso la polémica alrededor de La Odisea importa mucho menos por la película que por lo que revela de nosotros. Seguimos creyendo que la misión del arte es conservar el pasado, cuando en realidad siempre ha sido discutirlo. Los clásicos sobreviven porque alguien se atreve a traicionarlos.

Y tal vez esa sea la verdadera tarea de la inteligencia artificial en la cultura: ayudarnos a imaginar nuevas Ítacas, no convencernos de que solo existe un camino correcto para regresar a ellas.